jueves 17.10.2019

Nos cuesta entenderlo

A un par de decenas de millones de españoles, que no están en el geriátrico con las facultades psíquicas mermadas o todavía no han alcanzado la mayoría de edad, o sea, los que tenemos derecho al voto, nos cuesta entender que se puedan organizar farsas sobre el sistema democrático. Nos resulta difícil de entender que se gaste dinero público en dietas, campañas de publicidad, transporte, buzoneo y servicios telefónicos.

Si los viajes de Monago a Tenerife para ver a la novia, que suman menos de 30.000 euros, nos escandaliza y nos enfada ¿cómo no nos va a preocupar que se hayan derrochado algunos millones de euros en un acto prohibido, en una comunidad que incumple el déficit y recibe más que ninguna otra? Sí, más. En el último reparto del Fondo de Liquidez Autonómica Cataluña se llevó 6.400 millones de euros, el 38% del total. El 62% restante se hubo de repartir entre las autonomías en las que habitan cuarenta millones de españoles, es decir, el 87% restante.

Nos cuesta entender que el señor Montoro y el señor Rajoy pretendan ser generosos con los españoles de Cataluña, pero sean cicateros con los españoles que vivimos en Galicia, en Castilla o en La Rioja. Nos cuesta muchísimo entender que el Estado de Derecho se base en la separación de poderes, y en que la Ley sea igual para todos, pero parezca que se aplica con excepcionalidad para las autoridades que en Cataluña han jurado cumplir y hacer cumplir la Ley, y la trasgreden.

Es muy complicado de entender que se tenga tanta transigencia y permisividad para unos y, a los demás, se les intervenga la cuenta corrientes por una puñetera multa. Parece de gran dificultad entender que una corrupción de unos pocos millones de euros haya llevado a la cárcel a los implicados en la trama de Madrid, y ver al jefe de la familia más defraudadora de España, Jordi Pujol, acudir al simulacro de voto, cuando se investigan cientos de millones de euros de muy dudosa procedencia. Los corderos silenciosos, a puro de no comprender, comienzan a confundir lo que unos llaman prudencia con cobardía; lo que aquellos denominan serenidad con irresolución, y lo que se atribuye al tacto como mera pusilanimidad.

Y, cuando vemos a los secesionistas más fanfarrones, más amenazadores y más triunfalistas, los mansos corderos más nos encabronamos. Y puede que, al final, seamos "el problema", aunque eso también cueste de entender a los apocados.

Nos cuesta entenderlo
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