lunes 16.12.2019

Misericordia comprensible

He estado ojeando estos días libros de memorias de personas conocidas, cuyas decisiones hemos sufrido o gozado, y he vuelto a constatar que es muy difícil descubrir a un ser humano que no encuentre lo que hace coherente y justificable. Excepto las memorias del más culto de los Hermanos Marx, Harpo, que en "¡Habla mudito!" no sacrifica ni una línea en halagar su vanidad, pocas memorias y autobiografías escapan a esa enorme misericordia que hurtamos a los más y derrochamos pródigamente con nosotros mismos.

Puede que en ocasiones se llegue al esperpento de que los crueles asesinos de niños se crean héroes valientes, pero más allá de los monstruos y los enfermos mentales, que hoy están fuera de cárceles y manicomios, en el más acá de la vida cotidiana es habitual que las grandes equivocaciones se echen en las alforjas de otros.

¿Y ello es posible referido a presidentes de gobiernos, con todo el poder que eso concede? Es posible. Siempre habrá un mal consejero, una presión internacional inevitable, una catástrofe sobrevenida, y jamás un error, una equivocación, un cálculo mal hecho o una decisión que tuvo consecuencias difíciles de reparar. 

Pongamos que hablo de José Luis Rodríguez Zapatero, que no creo que sea ni una persona malvada, ni una mala persona, pero como coetáneo de una Transición que viví en primera fila nunca encontraré en mi interior la misericordia suficiente para perdonar esa "memoria histórica", que sellamos con prudencia izquierda y derecha en 1977 para mirar al futuro, y que volvió a sacar los muertos de una de las etapas más olvidables de nuestro pasado, ayudó a que rebrotara el guerracivilismo, que es el peor de nuestros sellos, y alimentó odios tan cadavéricos como los cuerpos de esas cunetas y de esas checas que a todos nos avergüenzan. Porque no fue fácil, y mucha gente sufrió y renunció, y se aguantó. Y algunos habían conocido vivo, muy vivo, a su abuelo.

Misericordia comprensible
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