domingo 08.12.2019

El champán desparramado

A medida que transcurren los años, más me interesan esos pequeños misterios que hasta hace poco me habían pasado inadvertidos, pero que cada día me fascinan de una forma intrigante y seductora. Por ejemplo, ¿es necesario que te toque el gordo de la lotería nacional  para coger una botella de champán y derramar su contenido, como si fuera agua de riego? ¿O es preciso haber ganado una prueba de fórmula 1 o haber llegado el primero en una carrera de motocicletas de 500 centímetros cúbicos? Pongo estos ejemplos con toda ingenuidad, porque hay pruebas muy costosas, muy sacrificadas, que cuestan años en cristalizar, por ejemplo, ganar unas oposiciones a juez o a notario, y no he visto nunca a ningún opositor, agitando una botella de champagne, cono si se tratara de un recipiente de gaseosa, no para beber su exquisito contenido, sino para desparramarlo -asperjar, le llaman en mi tierra aragonesa- o sea, rociar.

Nunca he observado a un ministro futuro, salir de la Moncloa, tras anunciarle el presidente de gobierno que le confiaba una cartera, rociando a los periodistas presentes con unas gotas de champagne.  La explicación puede ser que en el Palacio de la Moncloa no hay puestos donde vendan champagne, o cava, pero tampoco los hay en las administraciones de lotería, y siempre existe alguien que enarbola una botella como una amenaza, no de brindis, sino de hisopar a todo cuerpo serrano que esté al alcance del burbujeante líquido.

Casi todas las tradiciones poseen una etiología casual. Las doce uvas que tomamos en la nochevieja, no solo en España, sino en Méjico, Argentina, Chile, Venezuela, Perú y otros lugares de América, se debe a un excedente de uva en Alicante, Murcia y Almería, que encontró salida en la despedida de año. Pero, ¿de dónde viene este derroche de champagne, tratando un líquido tan literariamente cuidado como si fuera gaseosa? Hay otros premios de la lotería tan jugosos como el sorteo de Navidad, y otra pruebas deportivas tan peligrosas o más, que no llevan acompañada esa liturgia champanera. Nunca he visto al campeón de los saltos de esquí alpino, echar el champán a los colegas de alrededor, ni al acertante de la primitiva. Debe existir algo más, un enigma todavía sin descifrar, porque me parece ofensiva y equivocada la teoría de que entre los afortunados con la lotería hay un alto porcentaje de horteras. Esas hipótesis suelen nacer de la envidia.

El champán desparramado
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