miércoles 22/9/21

El debate socialista

La renovación del socialismo español no va de nombres; debiera ir de política. La gestora socialista ha producido cierto cambio: la estrategia de negociación con el gobierno. Como se le proponía a Sánchez desde muchos ámbitos, no solo desde su formación, negociar con un partido en minoría parlamentaria, era una estrategia que podría producir lo esencial para un partido: ser útil.

Patxi López, al proponerse como candidato – el único, de momento - ha expresado que su diferencia estriba en ser más duro en la negociación. Esta es, sin embargo, una estrategia para salir de la ausencia de política, “no es no” y ha tenido como resultado arrebatarle la agenda política al populismo más radical, enfrascado en notable carrera de egos y purgas.

Pero esta es una estrategia aún defensiva.

Corresponde a la siguiente fase del debate socialista la renovación del ideario y el pensamiento del partido. Y esta renovación no es cosa de nombres sino de ideas, estrategia y política.

Como ya he escrito aquí, la renovación de idearios reclama de imaginación y pensamiento para no ceder a la fácil tentación populista, que a golpe de tuits y televisión se ha enseñoreado de la política, no solo española.

Es difícil entender porque el razonable deseo de no sacrificar o vender ideales se ha traducido en la política española como un programa máximo para ser impuesto de la noche a la mañana, en lugar de un cambio real y significativo que facilite la vida a las personas que más lo necesitan .

La renovación socialista debe estar, desde luego, orientada al gobierno. La irrelevancia no es un escenario útil para nadie. Ideas de gobierno que signifiquen salarios más dignos, más sostenibilidad, la superación de la brecha de género en todos los ámbitos, un fin a la crisis de la vivienda, más calidad de empleo y, también, un mejor apoyo para las empresas y la creación de nuevos puestos de trabajo.

En una palabra, poner el trabajo en el centro de las preocupaciones políticas es uno de los retos que el moderno populismo, en cualquiera de sus versiones, ha abandonado.

Es  lo que ha movilizado históricamente al electorado socialista, junto con la universalización de los derechos sociales, y lo que ha permitido una amplia alianza social, hoy rota por improbables asaltos a los cielos de la parte más radical de la clase media.

La superación de la desigualdad ha sido en España patrimonio de las viejas izquierdas, desde que ampararan el municipalismo democrático y asumieran, con el PSOE hegemónico, el gobierno del cambio.

Sorprendentemente, en lugar de asumir que la línea divisoria entre el status quo y el cambio está entre los dos partidos más importantes, se ha asentado ante la sociedad española, probablemente con cierto cinismo, que la línea divisoria está en la mitad del partido socialista.

Divisoria que tiene sus versiones de “bases frente a barones” o de “gran coalición frente a cambio” (no importa que este sea imposible). La guerra de trincheras no parece haberse mitigado aunque, aparentemente, va encontrando espacios de encuentro que reducen la tensión.

Los diferentes candidatos y candidatas a liderar la renovación socialista no solo deberán convocar la unidad de su partido sino establecer claramente políticas autónomas, compatibles con una negociación que favorezca a amplias mayorías, y disponibles para convertirse en programa de gobierno.

De los congresos partidarios que nos esperan este año, el socialista es el más relevante para la izquierda. Los retos a asumir por la sociedad española, el definitivo abandono de las políticas de austeridad, la recuperación del empleo requieren de propuestas de izquierda y de mayorías que no se ofrecen en otros ámbitos.

Esta es una reflexión que la mayoría de los afiliados y afiliadas al PSOE aún no han iniciado, realmente. Me atrevo a sugerir que a los demás nos va más que a la militancia en una renovación política de su partido.

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