Martes 21.08.2018

La reforma electoral

Se suele olvidar que el centro-derecha en la Transición siempre fue partidario del sistema electoral mayoritario por sanísimas razones que hoy pueden estar de la mayor actualidad. Los sistemas mayoritarios producen mucha mayor estabilidad al generar mayorías parlamentarias mucho más frecuentes y claras, obligan al electorado a pensar mucho mejor su voto en función de posibilidades de gobierno y suelen inclinar a este electorado a posturas moderadas.

En las primeras elecciones de junio de 1977 se desconocía cuál era la verdadera composición de una sociedad absolutamente distinta a aquélla en las que se celebraron las últimas con libertad de partidos en febrero de 1936. Mucho había llovido desde entonces, la sociedad había cambiado enormemente, había aparecido una multitudinaria clase media que es el preciso sostén de toda democracia y se desconocía con fiabilidad por dónde iban las preferencias de ese electorado, qué tipo de partidos querían esos españoles de ese tiempo. Se eligió el sistema D´Hont, un sistema proporcional corregido que primaba de manera suave a los partidos mayoritarios. Fue una solución de compromiso entre los partidarios del sistema mayoritario y los que preferían los proporcionales. También se dijo provisional y, como todo lo provisional, se quedó.

Hoy los partidarios de los sistemas proporcionales vuelven a la carga y pretenden ir a una proporcionalidad del sistema de reparto mucho mayor. Aquí juegan los egos de algunos dirigentes que pretenden engordar sus grupos parlamentarios para su mayor gloria y pretenden con ello resultar siempre decisivos aún con una magra cosecha de votos.

Los sistemas mayoritarios de circunscripción uninominal, lo que se da en Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos no solo generan con facilidad mayorías estables, son también infinitamente más representativos. Al diputado lo conocen directamente sus electores y pueden acudir a él con mucha más facilidad, lo que hacen de manera habitual allí donde se dan. En los sistemas proporcionales de lista multitudinaria, como sucede hoy en Madrid, Barcelona o Valencia, rara vez el elector conoce a la inmensa mayoría de los que está votando, si acaso al cabeza de lista, pero nunca al resto, y la distancia elector-elegible se transforma en casi insalvable.

Frente a la estabilidad y la representatividad de los mayoritarios, los sistemas proporcionales ofrecen inestabilidad y menor representatividad. Los sistemas mayoritarios son los que se lo ponen fácil al elector, los proporcionales son los favoritos de los aparatos de los partidos que al hacer las listas consiguen que el diputado dependa de sus “designadores” y no de sus electores.

Desde la izquierda se quiere la cuadratura del círculo: que haya primarias en los partidos, algo saludable, pero la composición de la lista la sigue haciendo el aparato

De esto es consciente el actual sistema y desde la izquierda se quiere la cuadratura del círculo. Que haya primarias en los partidos, algo saludable, pero la composición de la lista la sigue haciendo el aparato. Esto ya ha producido disfunciones en el Partido Socialista. Ha ganado un candidato al que luego la lista se la hace el aparato y en muchas ocasiones ese candidato ganador ha optado por dimitir antes de presentarse porque le habían dejado sin equipo y le habían colocado uno hostil en el resto de la lista que seguía haciendo el aparato.

Dotar de la representatividad que reclaman los electores a un sistema proporcional es muy complicado. Existe una fórmula que sea quizás la que más se acerca, el sistema alemán, un sistema mixto en el que se eligen los diputados con dos votos por cada elector, uno a la lista de partido, esos votos se reparten proporcionalmente y otro al diputado por circunscripción y esos diputados por cada circunscripción se eligen mayoritariamente.

Los que somos partidarios de los sistemas mayoritarios creemos que una forma de llegar a acuerdos sobre la reforma electoral podría ser a través del pacto por un sistema como el alemán.

La proporcionalidad es solo una característica que se enfrenta directa y frontalmente no al sistema mayoritario, sino a la representatividad, que no es una característica, es una virtud.

Esta no es una propuesta de centro-derecha, a pesar que desde esa orilla es desde donde siempre se ha defendido, es una propuesta desde la razón, y me consta que en la propia izquierda existen defensores de la misma.

Soy consciente de que el asunto es complejo. Es muy difícil porque una reforma electoral supone una reforma del propio funcionamiento de los partidos. Pero quizás eso es lo que pide el electorado, sería la reforma a la altura de nuestro tiempo.

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