miércoles 11.12.2019

Europa bajo el síndrome de Peter Pan

Siempre me ha parecido admirable la capacidad de síntesis y evocación del Dr. Dan Kiley para introducir su teoría sobre las personas que nunca se han hecho mayores (o nunca han madurado). Este es el diagnóstico que muchos responsables políticos alemanes han aplicado a la mayoría del electorado italiano tras los últimos comicios en el país transalpino y probablemente es lo que pensaban, aunque no dijeran, sobre los resultados de las elecciones en Grecia hace un par de años. Quien me conozca un poco sabe que no soy precisamente un acérrimo germanófilo, pero reconozco que hay mucho de verdad en el aserto de los sesudos teutones que así se pronuncian.

La Europa construida en las ensoñaciones socialdemócratas de los años sesenta produjo una generación de Peterpanes socioeconómicos

El pronunciamiento de los italianos en las urnas, como antes de de los griegos, y como los rasgos que caracterizan a muchos movimientos de protesta en Europa, muestra todos los síntomas que en su día definió Kiley: irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, arrogancia, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas. La Europa construida en las ensoñaciones socialdemócratas de los años sesenta produjo una generación de Peterpanes socioeconómicos que no quieren ni aceptan otra responsabilidad que la de los poderes públicos a los que, igual que los niños hacen con sus padres, culpan de todos sus males y carencias y a los que a su vez exigen con vehemencia todo lo que su acontecer diario precisa. Niños enrabietados y caprichosos que amenazan con irse de casa pero que tiemblan con la sola idea de tener que hacer algo por sí mismos.

En España hemos construido un esquema parecido a escala interna con nuestro lamentable sistema autonómico del que en estas fechas se celebran aniversarios en Madrid y en Andalucía (para recordarnos lo artificial, forzado y a veces oportunista de tan disparatado sistema). Durante más de dos décadas hemos alimentado la idea de que los benefactores gestores regionales se preocupaban de atender todas nuestras necesidades sin pedirnos nada a cambio, reservando la fea cara del recaudador, del publicano, para ese lejano frío y artificial gobierno central. Cuando se ha constatado que no podemos costear el tren de vida que nos hemos dado, entonces apuntamos los dardos de nuestras iras hacia ese despiadado gobierno central que solo nos quiere quitar lo que es nuestro y matar de sed y de frío a los padres de las actrices patrias. La indecencia de ese razonamiento fue denunciado hace mucho tiempo, en una época de bonanza en la que parecía que no tocaba, por Margaret Thatcher, quien en el cénit de su carrera se empecinó en cumplir la promesa electoral de imponer un impuesto municipal aunque eso pudiese costarle, que le costó, el inquilinato del 10 de Downing Street. Pero para la hoy baronesa era una cuestión de principios que los ciudadanos supiesen y percibiesen que todos los conciertos, actividades deportivas, sesiones de teatro, bicicletas, guarderías, asistentes sociales y otras prebendas gratuitas que les facilitaban sus autoridades locales costaban dinero y que ese dinero, lejos de no ser de nadie como dijo una vez una ilustre egabrense (bendito latín), salía exactamente de sus bolsillos.

Los europeos debemos abandonar nuestra cómoda inmadurez y asumir el tratamiento a nuestro síndrome de Peter Pan

Los ciudadanos españoles se rebelan demandando el mantenimiento de unos servicios gratuitos de primera clase igual que los ciudadanos de muchos países europeos salen a la calle exigiendo que la fiesta continúe, con barra libre y música en directo. Pero siempre se ha sabido que el final irremediable de una fiesta no es que se pare la música o se cabe el hielo, sino que no haya con qué pagar la siguiente ronda. Por lo tanto los europeos debemos abandonar nuestra cómoda inmadurez y asumir el tratamiento a nuestro síndrome de Peter Pan. Según el Dr. Kiley el tratamiento debe ser el que corresponde a toda neurosis estructurada. Los padres cuyos hijos manifiestan este tipo de inmadurez, deben “actuar”, antes que insistir con pertinacia en la persuasión “coloquial”. Adolescente, joven, o ya entrando en la madurez, el sujeto paciente de este tipo de trastorno, es renuente a toda modificación o a la mera comprensión de su infantilismo. El irresponsable mundo de la niñez, no quiere ser abandonado, y la conciencia del fracaso reiterado ante la adaptación de los comportamientos que acercan a la adultez equilibrada, casi no se verifica; lo que por momentos hace pensar en términos de una verdadera psicopatía. Una hipótesis verosímil, ante estos pacientes, nos conduce a imaginar una infancia muy feliz, en la que se quiere permanecer para no enfrentar la incómoda aceptación de límites que el ingreso a la vida social adulta comporta de modo insalvable. Sea en la aceptación de normas, en la necesidad de trabajar sólidamente en un empleo, de esforzarse en estudiar para concluir una carrera, de forjar vínculos maduros en relación con los otros, en el orden de la amistad o del amor.

Llegados a este punto, prefiero no mover una coma. Como en otras ocasiones, no pretendo sentar cátedra sino abrir el camino de la reflexión y de la discusión.


Juan Carlos Olarra-Estrella Digital

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