Viernes 21.09.2018

¿Ayatolás del pensamiento único en Occidente?

Los ayatolás iraníes prohíben a las mujeres salir a la calle sin el chador, vestido oficial del régimen que cubre su cabeza y todo su cuerpo excepto la cara, o que acudan a estadios de futbol, entre otras muchas prohibiciones. La retransmisión del partido de su selección contra España fue prohibida al saber que asistirían mujeres iraníes, la mayoría sin chador y en gradas mezcladas con hombres. En su pensamiento único la libertad individual está proscrita y dicen decidir lo que deciden e imponen en defensa y protección de las mujeres, incapacitadas para decidir por ellas mismas.

La vicepresidenta del Gobierno de España, Carmen Calvo, considera que prohibir la gestación subrogada o vientre de alquiler es proteger los derechos de las mujeres y de los futuros hijos gestados por ese procedimiento. Prohibir a una mujer la libertad de usar su cuerpo para ser madre de un hijo de otra persona es para proteger sus derechos. Quien lo prohíbe impone su escala de valores y se considera con capacidad moral y legal para hacerlo, limitando la libertad individual y derechos de otras mujeres. En la misma línea de pensamiento, una mujer que decide usar su cuerpo a cambio de dinero también es indigna. Hay que aclarar en este asunto, para combatir la capacidad extraordinaria de manipulación de algunas sectas del pensamiento único, que solo me refiero a la mujer que ejerce la prostitución voluntariamente, no sometida a esclavitud de mafias que deben ser perseguidas con todo el rigor que permite la ley.

El razonamiento de los ayatolás y el de la vicepresidenta, en el fondo, son el mismo; parten de sus propios prejuicios y escala de valores que imponen a los demás elaborando las leyes que sean precisas para ello. La vicepresidenta del Gobierno le hace un flaco favor al movimiento feminista al incurrir en lo mismo que históricamente ha hecho el machismo: tratar de imponer cómo deben vestir, qué deben hacer, qué es o no moralmente digno y cuál es el rol de la mujer en la sociedad. ¿Acaso si quien decide por las mujeres e impone su voluntad es también mujer cambia la prohibición? ¿No se trataba de conseguir un espacio de igualdad que permitiera a la mujer decidir sobre ella en las mismas condiciones que decidimos los hombres? Parece que no era eso. Se trata de sustituir unos dogmas morales por otros sin respetar la libertad de las mujeres, decidiendo, por ejemplo, que gestar en su vientre un hijo para otra persona por la razón que sea, incluso económica, es indigno y un atentado contra los derechos de esa mujer. La vicepresidenta se considera obligada a prohibir ese derecho a todas las mujeres para protegerlas porque ellas no tienen capacidad para decidir por sí mismas sobre su cuerpo y sus actos. El mismo fundamento por el que los ayatolás iraníes no consideran a la mujer capacitada y libre para decidir por sí misma sobre su vida y su cuerpo.

El mismo argumento cabe exponer respecto a la prostitución ejercida voluntariamente por mujeres (y hombres), considerado por la señora Calvo como un ataque a la dignidad de la mujer, de todas las mujeres, como si fuesen parte de un ente compacto que no admite discrepancias ni libre decisión individual para el uso de su propio cuerpo. Limpiar escaleras, hacer de peón albañil, de sirvienta,  limpiando la mierda de personas de clase media-alta como la vicepresidenta por un salario miserable se considera una tarea digna de una mujer, pero no lo es hacer con su cuerpo lo que ellas decidan si lo que deciden es cambiar sexo por dinero.

Oponerse en público a los planteamientos de la señora vicepresidenta implica recibir todo tipo de insultos y descalificaciones comenzando por el de machista. Ocurre lo mismo si defiendes la democracia, las leyes y el Estado-nación que es España, recibiendo por ello el calificativo de fascista de aquellos que quieren imponer su voluntad en minoría por la fuerza a todos los demás en Cataluña. Gracias a ellos hemos sabido que Serrat o Francisco Frutos, encarcelado por su militancia comunista durante la dictadura son fascistas.

Algo similar ocurre con la aplicación de la Ley Integral de Violencia de Género, que considero necesaria, pero que por falta de desarrollo y medios está derivando hacia una situación injusta que el pensamiento único pretende ocultar con el mantra de que las denuncias falsas son el 0,001 %, dato manipulado y falso. Un hombre que maltrata a una mujer debe ser considerado como un terrorista doméstico; alguien que usa la fuerza e impone el terror a su pareja debe merecer el mayor reproche social y la mayor condena penal que sea posible, y si es insuficiente la actual, cámbiese la legislación. Pero que la ley facilita las denuncias falsas porque no se investiga y que hay bufetes de abogados expertos en separaciones que aconsejan a las mujeres presentarlas es una evidencia avalada con datos.

Datos sobre Violencia de Género del año 2017: fueron aceptadas 166.260 denuncias (no dispongo del dato de las no aceptadas, que sería interesante conocer); de ellas, un 8% concluyeron con condena tras juicio (12.716); un 12% concluyeron en condenas de conformidad (20.430); un 10% de acusados fueron absueltos tras juicio (16.019) y un 70% fueron sobreseídas/archivadas (117.095) ¿Estos datos no llevan a nadie que milite en el pensamiento único a cuestionarse si la LIVG está sirviendo eficazmente para combatir la violencia de género? ¿No lleva a pensar que entre las 117.095 archivadas y las 16.019 de hombres declarados inocentes hay algo más del 0,001% de denuncias falsas? La mujer precisa especial protección jurídica para combatir el maltrato y eso es lo que hace la LIVG, invertir la carga de la prueba, siendo el único delito donde un acusado, por el hecho de ser hombre y acusado por su pareja debe demostrar que es inocente. Esta inversión de la carga de la prueba exige que quien denuncia sea coherente en su declaración, firme, que mantenga la misma en el proceso sin cambios sustanciales… requisitos sin los cuales la denuncia puede no prosperar. Pretender que baste una denuncia con versiones variadas, cambios continuos de datos, hechos y circunstancias y nada coherente es acabar con el Estado de Derecho. Una mujer no es de mejor condición que un hombre. Hay mujeres buenas y malas, honradas y corruptas, como hay hombres buenos y malos, honrados y corruptos.

El feminismo debe aplicar la misma firmeza en denunciar los malos tratos y exigir medidas contra ellos como en denunciar las denuncias falsas, y quienes tienen una responsabilidad pública no deben tratar de imponer sus dogmas morales a las demás personas, sean hombres o mujeres, porque ya hay suficientes ayatolás en el mundo. Aquí tuvimos un régimen de uno de ellos durante 37 años, que decidía por cada mujer el papel que les correspondía en la sociedad. La libertad de los seres humanos, incluidas las mujeres, señora vicepresidenta, debe regirse por la conciencia de cada una y no por dogmas morales basados en su particular escala de valores, que en ningún caso debe tratar de imponer. No vaya a parecer que quienes han luchado por la libertad de las mujeres contra dogmas de religiones y dictadores lo hacían para poder imponer sus propias doctrinas, tan reaccionarias y limitativas en derechos y libertades de las mujeres como todas las demás.

¿Ayatolás del pensamiento único en Occidente?

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