martes 14.07.2020

El terrorismo, otra inseguridad nacional

La detención por el FBI de cuatro individuos que habían reunido materiales para atentar con explosivos contra una sinagoga en Nueva York, y contra aviones militares en una base también neoyorquina de la Guardia Nacional, mediante el empleo de misiles tierra-aire, junto con la publicación de informes sobre los porcentajes de reincidencia (14%) entre presos de Guantánamo a los que se había puesto en libertad, además del veto senatorial por los propios demócratas a un presupuesto para cubrir los gastos que generará el prometido cierre de ese confinamiento de terroristas, todo ello configura un cuadro poco menos que de alarmada psicosis en la opinión pública norteamericana. A lo que ayer respondió Obama que cerrará Guantánamo pese al Congreso, pues EEUU perdió el rumbo en la guerra contra el terrorismo.

La solidez de los cargos que se imputan a los detenidos en el Estado de Nueva York, de una parte, y, de otra, el rechazo senatorial a la asignación de determinados recursos para el traslado a centros penitenciarios de la Unión de los reclusos de Guantánamo tenidos por más peligrosos, son datos que se enredan y en cierto modo se contraponen, como hechos, en el conjunto de vaivenes políticos generados sobre Guantánamo. Una anomalía jurídica internacional que lleva al internamiento de acusados de terrorismo en condiciones de extraterritorialidad procesal, equivalentes poco menos que a un limbo jurídico. Como si Guantánamo fuera un agujero negro dentro del universo compacto del Derecho; una sima galáctica que absorbiese y se tragara la entera legitimidad del entero sistema jurisdiccional norteamericano.

Lo curioso es que la detención de los islamistas estadounidenses se haya venido a producir en medio de la discusión política que al presidente Obama le ha surgido desde su propio partido, por disconformidad de senadores correligionarios suyos, para los que no resulta aceptable que ingresen en penitenciarías nacionales aquellos de los reclusos tenidos por los más peligrosos. ¿Querrán acaso que sean transferidos a cárceles de afuera, por colaboración de naciones aliadas, los reclusos que no quieren en las suyas? Y si ello no es así, ¿qué significa y a qué conduce la resistencia senatorial contra la ejecución y cumplimiento por parte de Obama de su promesa de desguazar Guantánamo con todos sus actuales significados? ¿Es que están apostando o proponiendo implícitamente que el presidente dé marcha atrás en términos sustanciales y no sólo en cuestión de plazos para cumplir su compromiso?

Parece que estemos, con esto del terrorismo, ante otra realidad y diferente percepción de la inseguridad nacional. Es un problema nuevo, eclosionado en términos tan brutales como fueron el 11 de septiembre del 2001 y el 11 de marzo del 2004. Dos sucesos que cambiaron de forma radical los modos respectivos de hacer política. Allí, dentro de la propia Casa Blanca, que apostaba por una diplomacia de repliegue y aislacionismo; y aquí, volcando las expectativas preexistentes a los atentados y quebrando el eje mismo de la Transición, con el desplazamiento del poder político al arbitraje de los nacionalismos, a cuyo ecosistema corresponde el terrorismo vasco-leninista de ETA. Un terrorismo que ahora, desahuciado de las instituciones democráticas, pilota los sindicatos contra la nueva Ajuria Enea. Con terrorismo, la inseguridad nacional es otra.

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