martes 25.02.2020

Otro PRI para Venezuela

Al segundo intento, Venezuela ha ido en unidad de acto de las urnas a la hornacina de Hugo Chávez. Allí ha quedado expuesto como sacramento de sí mismo. La democracia residual venezolana camina ya, desde el sufragio del domingo, a que todos los representantes electos del sistema, desde el propio presidente al más modesto de los alcaldes, puedan aspirar a la reelección hasta el último de sus días. Incurriría el sistema en contradicción grave si el caudillo bolivariano no prevaleciera en sus incontables mandatos sin la corporativa y remunerada proximidad de los suyos.

Está dispuesto para que sea así. La remoción electoral del poder en todos sus niveles será cada vez menos hacedera, más imposible el turno, porque a medida que el tiempo avance y el aparato se consolide, la posibilidad de decidir y forjar el cambio por medio de los votos se hará más reducida. El régimen, salvo el más improbable caso de que un día ganará las elecciones la oposición, se volverá más oligárquico-socialista y menos democrático.

Los ritos democráticos se sucederán a ritmo aritmético y la esclerosis totalitaria tendrá progresión geométrica. Pero, eso sí, las formas democráticas continuarán en todo caso, girando en el vacío, igual que lo hicieron en el México del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Como viene probando la ascendente influencia cubana, el progreso de las garantías por "el socialismo del siglo XXI", no podrá resolverse de otro modo que como una garantía -revolucionaria por supuesto- contra las libertades y la transparencia genuinamente democráticas.

La década del chavismo rinde ya sus frutos en forma de aceptación de lo peor, tal como ha sucedido ahora. Con un 40 por ciento de inflación y desabastecimientos también progresivos, ya sin el petróleo en la órbita de los 200 dólares el barril. Son otras órbitas las que se fortalecen. Por ejemplo, esa en que ha sido instalada la Venezuela actual en torno a la estrella muerta del castrismo.

Imposible, sin embargo, es que la aventura bolivariana, igual para la propia Venezuela que para el conjunto regional, pueda desarrollarse, por causa de su radicalidad, sin riesgos de violencia armada. La desestabilización del estamento militar, tal como expresa el proceso incoado contra el general Baduel, ex ministro de Defensa (porque reconvino a Hugo Chávez contra su tentación de rechazar el veredicto popular en el referéndum de diciembre del 2007), establece incógnitas de mucho bulto. Tanto mayores como lo es el propio recrecimiento de la instalación cubana en los niveles más sensibles de la seguridad del Estado.

No se explicaría sin ello la línea del Gobierno venezolano respecto de las FARC colombianas, con su industria de la cocaína camuflada de causa revolucionaria y también "libertadora" de los pueblos de América. Ello hace que en la práctica sea irremontable la tensión con Colombia, porque se ha llegado a plantear una eventual colaboración de las FARC en la operativa regional del chavismo. Este referéndum debería adjetivarse menos como constitucional que como constituyente: de un modelo alternativo al que se inició cuando fue derrocada la dictadura de Pérez Jiménez.

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