sábado 04.07.2020

Los imposibles metafísicos de ZP

Una reforma laboral que no afecte a los laborantes, que es tanto como hacer una tortilla sin romper los huevos, implica un contrasentido del mismo porte que el desear, con todo el fervor y la pasión que se quiera, que un estafermo estatutario, inconexo y nacionalista, sin encaje alguno en la Constitución, sea tenido por acorde con ella desde el Tribunal Constitucional. Sigue rigiendo desde la actual presidencia del Consejo de Ministros, al igual que cuando dice que volvería a tramitar afirmativamente lo recurrido, el punto de vista aquel según el cual la Nación es algo discutido y discutible; casi tanto como que dos y dos son cuatro. Resulta demasiado.

¿Cómo se puede decir a estas alturas de la película que "volvería a votar el Estatut con el mismo convencimiento de su constitucionalidad"? O ignora las más elementales nociones del derecho constitucional, o no ha leído aquello que le enviaron desde Barcelona siguiendo la pauta que expresaba su indicación de que lo remitido fuera tal como quisieran, o es un embustero de tomo y lomo, o nos tiene por tontos de remate a la inmensa mayoría de los españoles.

¿Realmente estaba convencido también cuando la crisis económica y financiera era para todos algo más que una sospecha advertida por todo el mundo, de que el batacazo no iría con nosotros, porque entre otras cosas teníamos el sistema bancario más solvente y eficiente del mundo?

Cuando ahora advierten algunos que el paro real ha rebasado ya el nivel de los cuatro millones de desempleados, pues las cuentas del ministerio de Trabajo tendrían aparcados más de 400.000, y cuando los bancos reponen solidez en sus cuentas a expensas de las pymes que se secan por falta de riego crediticio, incluso para el circulante, y las familias apenas consiguen algún que otro modestísimo crédito, mientras el socialista ZP paga a los bancos tres del dinero que el Banco Central Europeo les presta a ellos al precio de uno; cuando todo esto pasa, ¿piensa en verdad ahora nuestro personaje que vale como remedio y como respuesta, como bálsamo de Fierabrás, para ahora y para el futuro, esa broma fantasmagórica y marinera de anteproyecto de ley de Economía Sostenible?

El déficit más brutal de cuantos padece España es el déficit de credibilidad del presidente de este Gobierno. Un problema volcado ahora para su exhibición continental e islas adyacentes de Europa con motivo de los seis meses de presidencia que corresponden a España desde el primer día de enero al último día de junio del 2010.

Los imposibles metafísicos con que alumbra al personal el Faro de la Moncloa es un activo contabilizado dentro de los componentes mágicos que algunos europeos siguen buscando ahora en España, porque el retroceso y la frustración dan pábulo para eso y para muchas cosas. The Economist acaba de llamar a España "el enfermo de Europa". Es una manera amable casi de resumir algo que es mucho más que la simple catástrofe económica, pues compendia también el desbarajuste institucional empezado con el Estatuto de Cataluña.

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