sábado 15/8/20

Cumbre borrascosa en Estoril y crisis de la paciencia con Irán

Dentro de un revuelto temático de actualidad internacional como el de este fin de semana, pocas veces igualado, en equivalencia y equidistancia, entre la conjunción de sabores y consistencias propia de la menestra y el casado profundo en los ingredientes del potaje; o sea, desde las elecciones hondureñas, sobre el que hay división de opiniones llamadas a pasaportar definitivamente el izquierdismo con el que revistió un Zelaya que había llegado a la presidencia con el partido y los votos de la derecha, a las elecciones uruguayas de hoy, donde se vaticina la victoria de un Tupamaro frente a la suma de los sufragios de los dos partidos rivales del centro y de la derecha, se levanta hoy en Estoril el telón de una Cumbre Iberoamericana, bajo la acostumbrada nota del Duce del Orinoco especulando con su ausencia -compartida con la del ecuatoriano Correa, el boliviano Morales y el nicaragüense Ortega- con la reunión de jefes de Estado y presidentes de Gobierno del mundo iberoamericano, a los que se suman Portugal y España. Los radicales de la izquierda iberoamericana pasan millas de la cumbre, por lo que se prevé en las urnas hondureñas.

Nunca se viera cumbre de líos y problemas mejor servida, con las descalificaciones, entreveradas de amenazas de guerra por parte de Hugo Chávez, al presidente de Colombia, Álvaro Uribe, a lo que se suma el kilombo que se ha montado entre Perú y Chile -vecinos de probada e íntima enemistad histórica- a causa de espionajes supuestamente practicados durante años por un suboficial peruano, asunto en el que parecen subyacer crónicos problemas de límites territoriales y en el que también podría pesar la distinta sintonía que Lima y Santiago de Chile mantienen con el bolivariano de Caracas; un liderazgo que mueve Venezuela a velocidad exponencial hacia la parálisis económica y un descontento social sin precedentes.

Todo ese ruido más que de fondo se aproxima muy poco al enunciado casi académico de la Cumbre Iberoamericana de Estoril, "Innovación y Conocimiento", donde una vez más, con toda probabilidad, se pondrá a prueba la paciencia y la prudencia del Gobierno anfitrión; por cierto, que al socialista José Sócrates le ha servido de poco su amistad con Hugo Chávez, siempre dispuesto a desairar a cualquiera que no sea el menguado presidente -no propiamente electo- de la República Islámica de Irán.

Éste sí ha conseguido agotar una vez más no sólo la circunspecta paciencia y rigurosa probidad de los técnicos de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), sino también la de las grandes potencias, que han impulsado en la Junta de Gobernadores de ésta, al cabo de casi cuatro años, la primera resolución condenatoria del programa nuclear iraní. Algo en lo que ha pesado tanto la marcha atrás de los persas en el acuerdo de cooperación para el enriquecimiento de uranio, como la evaluación alarmista de la tardanza de Teherán en reconocer que había puesto en marcha un segundo centro para el procesamiento de uranio. El mosqueo de los grandes llega al punto de que han articulado la hipótesis de que pudiera haber otros escenarios aparte del de Natanz y el de Qom, eventualmente aplicados a explotar el tiempo ganado hasta el presente para alcanzar los niveles críticos en el acceso al artefacto atómico.

Cumbre borrascosa en Estoril y crisis de la paciencia con Irán
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