lunes 06.04.2020

Primera estación de la recesión

Italia ha entrado de nuevo en recesión, Alemania va camino de ella y Francia se arrastra por el fondo del estancamiento. Los tres motores de Europa no carburan, el crecimiento en la Eurozona se apunta un 0 y Europa se congela. Pero el mantra no cambia: austeridad, control del déficit, flexibilidad laboral. Como si hubiéramos logrado algo más en estos siete años que estancamiento económico y sufrimiento social.

Me imagino al presidente del Gobierno mesándose las barbas y relamiéndose de las desgracias ajenas desde su retiro veraniego de las Rías Baixas, sacando pecho por el 0,6% de crecimiento español en el segundo trimestre cuando Francia, Italia y Alemania, especialmente Alemania, volvían a resfriarse. Me lo imagino relajado y feliz mientras Montoro le habla de fabulosas bajadas de impuestos; De Guindos, de las alabanzas del mundo al milagro español y Báñez, de un mercado laboral que va como un tiro y que es la envidia del mundo. Me lo imagino regocijándose ante la inminente visita de Merkel a Santiago de Compostela y ante su apabullante discurso: “¿Ves Angela? Así se hace, no hay otro camino”.

Pero la realidad está lejos del Edén de las ensoñaciones de Rajoy. Porque la recuperación que vende el Gobierno tiene pilares de arena.

Montoro le habla de fabulosas bajadas de impuestos; De Guindos, de las alabanzas del mundo al milagro español y Báñez, de un mercado laboral que va como un tiro

En primer lugar, porque se asienta sobre la precarización social. No es solo que la autocomplacencia del Gobierno trate de ocultar los 800.000 empleos destruidos en lo que va de legislatura, la emigración de crecientes capas de la población –sobre todo jóvenes formados- o el abandono de esos más de 3 millones de personas que carecen de cualquier tipo de cobertura ante el drama del desempleo.

El problema es el empleo que se está creando: empleo precario, temporal, parcial y barato. Empleo que está alumbrando una nueva generación de trabajadores pobres, empleos que no permiten el mantenimiento de un proyecto de vida autónomo, mucho menos el sostenimiento de una familia. Empleo que dispara el crecimiento de la desigualdad en nuestro país por el efecto combinado de la caída de las rentas salariales frente al aumento de los beneficios empresariales y el recorte de los factores de reequilibrio social: los servicios públicos como la educación, la sanidad, los servicios sociales. Para muestra, los datos del mes de julio, con un 40% de contratos a tiempo parcial y en el entorno del salario mínimo interprofesional, que el Gobierno ha congelado ya tres veces, algo que nunca había sucedido. Nunca.

En segundo lugar, porque los países a los que exportamos se están resfriando y sus resfriados son nuestra gripe, porque sus importaciones son nuestras exportaciones y su crecimiento o decrecimiento es nuestra recuperación o recaída. Y no son países cualquiera: son nuestros socios comerciales preferentes.

Hasta ahora, el jarabe de ricino de la austeridad sin medida había obstruido las arterias de la periferia pero ahora, y en un grave contexto de inestabilidad exterior, amenaza con colapsar la circulación completa del sistema. Y si el corazón no bombea...

 Los países a los que exportamos se están resfriando y sus resfriados son nuestra gripe

Ante esta situación, Europa puede ensayar un nuevo rumbo, con planes de estímulo de mayor ambición que el anunciado por el recientemente elegido presidente de la nueva Comisión Europea y con la adopción de eurobonos que aporten los fondos necesarios para relanzar la actividad económica.

O puede mantenerse como si nada hubiera cambiado, engañándose a sí misma sobre los beneficios de una austeridad mal entendida que tras siete años de prescripción no ha traído más que depresión económica y social, paro, endeudamiento y desigualdad.

Es cierto que la locomotora del control del déficit esta vez ha tomado el carril del déficit de crecimiento, primera estación de la recesión. ¿Será esta vez diferente? Ni Merkel ha dado muestras de poseer la flexibilidad del junco ni siete años de obstinación en políticas dogmáticas y fracasadas invitan precisamente al optimismo.

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