viernes 28.02.2020

Evitar el accidente

Lamento decirlo, pero al ver a Giorgos Shatzifotiadis, el anciano desesperado fotografiado llorando a las puertas de un banco griego al no poder retirar dinero de su cuenta, no he podido evitar que me vinieran a la mente las imágenes tomadas por Dorothea Lange, la fotógrafa que documentó para el Gobierno de Estados Unidos las terribles consecuencias de la Gran Depresión en el mundo rural americano. Si la madre migrante fue el icono de esa época, este jubilado griego se ha convertido en el símbolo del corralito. Y, tras el no del pueblo griego en el referéndum del domingo, quién sabe de qué más.

En un ejercicio de pura irresponsabilidad política, Alexis Tsipras y su Gobierno de coalición con la derecha nacionalista de los Griegos Independientes han metido a Grecia en el atolladero, forzando al pueblo griego a pronunciarse sobre un acuerdo rechazado en su momento por el propio Tsipras al romper las negociaciones y levantarse de la mesa pero luego reclamado por él mismo como tabla de salvación ante el impacto del corralito, luego nuevamente vilipendiado y, finalmente, rechazado en las urnas cuando la propuesta ya no estaba vigente. Como ven, una situación óptima para un referéndum: el Gobierno griego ha forzado a su pueblo a decir no a una oferta de acuerdo que ya no estaba encima de la mesa.

¿Qué buscaba entonces Tsipras con el referéndum?

En realidad, lo único que buscaba era salir de su propio atolladero, ante la amenaza creciente de la propia ruptura de la coalición que le sustenta. Siendo esto así, hay que reconocer que ha salido ganador de las urnas, si bien a un altísimo precio para el pueblo al que dice defender: desde que asumió el poder se ha hundido la economía, se ha vuelto a destruir empleo, ha habido una fuga de capitales del 35% del PIB y se ha limitado el dinero que pueden sacar los ciudadanos de unos bancos al límite de sus reservas –cuando usted lea estas líneas podrían haberse quedado sin ellas–, con reservas de combustible para seis meses y de fármacos para cuatro y abocada al impago de su deuda y, si nadie lo remedia, fuera del euro. Esa es la Grecia de Tsipras: una Grecia en estado de shock camino del estado de sitio.

¿Y ahora qué? Francamente, ahora incertidumbre.

Tal y como dijo el presidente del Banco Central Europeo, nos adentramos en aguas desconocidas, porque nadie sabe a ciencia cierta qué va a pasar a partir de ahora, aunque el BCE tiene en sus manos buena parte del futuro inmediato. Con el rescate anterior terminado abruptamente por el Gobierno griego, sus bancos se quedan sin el paraguas que les permitía acceder a la línea de emergencia del BCE. Y sin esa ayuda ni liquidez, ni solvencia: quiebra.

En cuanto a los socios europeos, esos países a los que el Gobierno de Tsipras ha acusado de “terrorismo”, ahora deberán decidir si interpretan el no griego como un no al euro y a Europa, tal y como advirtió Jean Claude Juncker la semana pasada, y ponen todo el arsenal encima de la mesa para hacer frente a la propagación de las ondas sísmicas provocadas por la salida de Grecia. O si deciden volver a sentarse a la mesa con un socio en quien no confían, no solo por los bandazos en la mesa de negociación o por sus devaneos con Rusia en plenas discusiones sobre el rescate sino, sobre todo, porque se niega a asumir las reglas de juego de la Eurozona y niega toda legitimidad a unos socios a quienes exige rescates multimillonarios a cambio de fe absoluta en sus promesas.

Lo peor, con todo, no son las incertidumbres sino las certezas. La certeza de que el pueblo griego lo va a pasar mucho peor a partir de ahora, rehén del control de capitales al que no se antoja final a corto plazo y de una espiral de destrucción de empleo y pobreza que no ha hecho más que empezar. La certeza de que los movimientos euroescépticos y eurófobos han obtenido una victoria y una bandera para su causa nacionalista y antieuropea, como ha puesto de manifiesto con su eufórico mensaje la ultraderechista Marine Le Pen, presta a celebrar cualquier revés para el proyecto de construcción europea. La certeza de que o el cortafuegos del BCE funciona o los países periféricos volverán a estar en el ojo del huracán, como en los últimos días ha puesto en evidencia la subida de la prima de riesgo que pagan España, Italia, Portugal e Irlanda, pero también Francia.

¿Es posible evitar el accidente? Es posible siempre y cuando Europa actúe con luces largas y profundice en el giro económico del último año y apueste decididamente y sin complejos por políticas expansivas que pongan fin a la austeridad miope y suicida con que ha gestionado esta crisis. Y siempre y cuando el Gobierno heleno no siga por la pendiente populista y suicida por la que se ha tirado sin freno en el último medio año tomando como rehenes a unos ciudadanos griegos tan desesperados como Giorgos Shatzifotiadis.

Sí, debe ser posible evitar el accidente. Por el bien del pueblo griego y de todos los pueblos de Europa. Pero, francamente, se me ha acabado el depósito de optimismo.

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