martes 07.07.2020

El ‘turuta’ y la reina (Letizia)

Que a Letizia Ortiz no le gusten los toques de corneta (la celtibérica turuta de las milis) a servidor le podría parecer hasta de buen gusto. Ahora bien, si no te gustan las turutas, ni las banderas, ni los uniformes, ni los ringorrangos, no te metas a reina.

ESTRELLA DIGITAL publicó este miércoles que a instancias de la reina Letizia se habían eliminado los izados y arriados de bandera que hacía la Guardia Real en La Zarzuela. Un sencillo toque de corneta mientras la enseña de todos los españoles sube o baja por el mástil. Un toque de un minuto de corneta en respeto por los caídos. Es una acto sencillo que se hace en cada cuartel, base, instalación, barco o allá donde haya un destacamento español, por lejano, remoto o asediado por las balas que esté.

El rey Felipe VI es básicamente un militar, como lo es su padre. En su círculo más cercano hay un grupo de tenientes coroneles que se forjaron, con él, en las academias y formaron un sólido –y leal– vínculo. Pero no solo es eso, es el jefe de un Estado llamado el Reino de España. Es, en sí mismo, el símbolo de una nación democrática y gobernada en sistema de monarquía parlamentaria. La corona es un símbolo. Como la bandera, como ese quedo toque de corneta en el ocaso para rendir homenaje a los que murieron sirviendo a este país, aunque llevaran uniforme. Si el Rey se carga los símbolos, ya está marcando el camino a quienes su oficio, precisamente, simboliza una fea y antidemocrática tradición.

Todo parece indicar que el Rey sabe que la institución, sacudida por escándalos judiciales y “contramodé”, pende de un fino hilo en el que cada torpeza es un tirón que puede romperlo. El relevo en la corona fue modélico en rapidez y limpieza, solo enturbiado por torpezas gubernamentales, pero se salvó la situación. El comportamiento de los reyes ha de ser modélico y aparecer como tal ante la opinión pública si quieren seguir en el oficio largos y prósperos años.

No debe ser fácil para los reyes conciliar la educación familiar de unas niñas en medio del tinglado que supone ser jefes de un Estado. Desde luego, si a uno lo despiertan a la del alba a toque de corneta cada día, casi prefiere una muerte digna, o quizás un amable destierro. Pero claro, uno no ha sido llamado para tan alto destino. Y ese es al que ha sido llamada la hija del Rey, Leonor de Borbón Ortiz. En su vida habrá uniformes, no solo españoles, sino los que dan realce a todas las jefaturas de Estado del mundo, incluidas las bolivarianas; bueno, esas, más. Y deberá educarse en el respeto a los símbolos del Estado y de los españoles.

Fuentes de La Zarzuela aseguran que ha sido Letizia, contrariada por las costumbres castrenses en las cercanías de su domicilio, quien ha provocado traslado de bandera y final de los toques de corneta. Seguramente no se ha tenido en cuenta que ese domicilio se paga a cuenta de los presupuesto Generales del Estado. Es decir, de los impuestos de todos los españoles. Es lógico que los guardias reales –unos tipos abnegados y fieles a la familia real a prueba de bomba– se hayan quedado estupefactos al ver que en la residencia del Jefe del Estado no se sigue con tradiciones que sí han estado haciendo sus compañeros asediados a tiros en puestos remotos de combate avanzado en Afganistán. O que hacen en la Antártida, por ejemplo. Uno lo ha oído incluso en un submarino, donde no se ve día ni noche, encerrado en un casco de metal y bajo la superficie. A no todos esos uniformados les gusta la “turuta”, porque hay melómanos entre ellos. Pero a ninguno lo verás con falta de respeto a los símbolos del país para el que trabajan.

La Casa del Rey, fiel al precepto de todo buen DIRCOM, ante el bochorno y el reproche generalizado, ha decidido vender un mensaje positivo: Se harán cuatro izados solemnes al año y además la bandera no se bajará nunca. Casi ha sido peor que explicar que a Letizia le da dolor de cabeza la “turuta”. La Zarzuela va a hacer lo que hace cualquier delegación de Servicios Sociales del país, que tiene la bandera perenne. Como si recordar que la residencia del Rey solo lo es en las fiestas de guardar.

Todo esto no trata de unos militares humillados. Ni siquiera del dolor de cabeza que da una “turuta” al atardecer en el Monte de El Pardo. Esto trata de confundir los papeles. Si quienes están en lo más alto de la representación del Estado no dan importancia a lo que significa el respeto a la bandera que simboliza el estado, no sé qué pueden esperar del respetable, que no tiene a su disposición coches oficiales, ni palacios, ni guardia militar, ni siquiera un pobre “turuta” que llevarse al oído.

Lo cierto es que la música militar es una rama del arte muy denostada. La reina parece ser seguidora de grupos “indies”, que no cuentan en su repertorio con la corneta ni con los pífanos. Aquí el que firma ha tenido este año una ventana en el trabajo que daba a los tejados del centro de Madrid. No lejos estaba el Palacio de Buenavista, Cuartel General del Ejército de Tierra. Hay que reconocer que a las del alba no estaba presente, pero muchos atardeceres el lejano sonido de una corneta se sobreponía al trepidar del teclado. Una ocasión para echar un vistazo a los velazqueños atardeceres de Madrid. Cuando el ocaso llega.

Cuidado, majestades. Ya ni siquiera una humilde “turuta” va a avisarles de cuándo el ocaso llega.

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