miércoles 16/6/21

La coronación de Silvio I

Seis mil delegados en representación de todas las secciones de los partidos componentes del centro-derecha que gobierna el país, tres mil invitados, mil periodistas acreditados de 217 cabeceras de medios de comunicación, una marea de jóvenes ocupando, con festiva y fervorosa alegría, las primeras filas, chicos y chicas perfumados, recién salidos de la peluquería -ya hace tiempo, en el vademécum de Forza Italia, su presidente, Berlusconi, prescribía a sus jóvenes afiliados el uso de la corbata y un afeitado meticuloso y diario-, perfectos maniquíes de un refinado desfile pret-à-porter, elegantes ellos, maliciosamente recatadas ellas, ministras, colaboraboradoras íntimas del Cavaliere, primeras, segundas, terceras mujeres, matrimoniadas o conviventes y últimas amantes de la gente chula del poder, políticos, banqueros, industriales, con glamurosos tailleurs o vaporosas y suavísimas sedas cubriendo sus cuerpos modelados con curas de fangos termales y spas de exclusivos hoteles del Caribe; aromas de Valentino, Armani, Ferragamo, Gucci o Versace, design e italian style.

Una comedia, o mejor, una opereta, porque la cosa ha tenido música propia, recitada en tres actos, 27, 28, y 29 de marzo, en los amplios espacios de la nueva Feria de Roma, con decorados que podían haber hospedado uno de esos megaconciertos de música rock.

Todo de azul, como el color de la bandera del partido, azul como el cielo de Roma cuando la primavera se decida a explotar en toda la intensidad del aroma desprendido de las azaleas, blancas y azules, de las escalinatas de la Plaza de España, azul como el manto de una madonna de Rafael o de Filippo Lippi, azul como la camiseta de la selección nacional de fútbol, azul como el optimismo que el nuevo partido, el del pueblo de la libertad, trata de infundir a un país cansado, desilusinado de la política, temeroso ante la crisis económica que se le ha venido encima, desesperanzado por el porvenir que le acecha a la vuelta de la esquina, paro creciente y un alza de desvalorización de los principios éticos que hacen vivible la convivencia civil, aquellos que deberían regir la justicia social y el respeto por el diverso, por el prójimo que no es otro que el próximo, azul, todo azul, toda una gama de azules, desde las corbatas de seda a los trajes de exquisita confección, nel blu, dipinto de blu, como cantaría Domenico Modugno en la melodía que ha recorrido el mundo y continúa susurrándose en las mil y una lenguas del Planeta Tierra, azul como el grito lanzado desde el palco de la esperanza que, ayer domingo, ha coronado emperador a Silvio I. "Un César sin un Bruto", como le ha definido, el pasado viernes, el Economist.¡No! ¡Por Dios! Faltaría sólo eso, un Bruto, para santificarle, un regicidio para elevar a los altares a Silvio I, emperador y mártir, a él, que un día se proclamó como "ungido del Señor".

Más de 200 autobuses procedentes de toda Italia, más seis mil plazas de hoteles reservadas, más de tres millones de euros, el 75% pagado por Forza Italia, para la puesta a punto de la gran kermesse. El gran circo de la política ha necesitado siempre de los grandes escenarios para épater le bourgeois de turno.

Los antiguos emperadores, a la entrada en Roma, después de una victoriosa campaña militar, se hacían construir arcos de triunfo en cuyos mármoles se eternizarían, esculpidas, sus hazañas guerreras; Hitler hacía ondear miles de banderas y cruces gamadas en manos de entorchadas juventudes en Nüremberg; las banderas, esta vez rojas, las enarbola la masa comunista y proletaria ante el Stalin de la Plaza Roja de Moscú... Berlusconi ha preferido hacerlo "a la americana", que es lo que ahora se lleva, después de ver a Barack Obama en un parque de Chicago. Zapatero, al igual que sus antecesores los felipes vestidos de pana, al máximo travestidos de Milano o, si me apuro, de Cortefiel, barbudos fidelistas pasados de moda, que no se han refinado, ¡coño!, a pesar del tiempo transcurrido, en horteras concentraciones, como corresponde a los horteras, en la madrileña Casa de Campo.

La derecha de Gainfranco Fini, aquella que tiene sus orígenes en el Fascio de Mussolini, se ha sacrificado, diluyéndose, en el gran partido fundado por Berlusconi y que desde ayer domingo, glorioso día de su fundación, se llamará Pueblo de la libertad. A su lado, como fiel aliado, la Liga Norte, federalista, de Umberto Bossi, al que, por caridad cristiana, sus fieles compañeros de política deberían retirarle de sus apariciones públicas después que una desgracia, un derrame cerebral, que no desearíamos ni al peor de nuestros enemigos, le ha privado casi por entero del uso de la palabra, reduciéndole a un zombi que apenas puede caminar, il mio carissimo amico, como le llama Berlusconi (Berlusconi, educado y gentil, da el trato de carissimo, o carissima, a todo quisque que se le pone por delante).

Berlusconi, que asegura tener ya el consenso del 42% del electorado italiano, algo nunca conseguido por ningún partido político desde la proclamación de la República en 1947, quiere llegar a tener el 51% para cambiar Italia, cambiando su Constitución, modernizándola, dice, dando mayores poderes de decisión de los que ahora tiene al presidente del Consejo de Ministros, es decir, atribuyéndoselos a él mismo, que para eso es el jefe. Reformas que le gustaría hacer con la participación de los partidos de la oposición, pero que las hará sin ellos si rechazan sus propuestas. Con su Gobierno, ha prometido, Italia saldrá de la crisis mejor parada que la mayoría de los países europeos. Leyes férreas contra la inmigración clandestina. En la nueva Italia nadie será olvidado.

Pero, ¡ojo!, que nadie se lleve a engaño ni vuelva a considerar a Berlusconi, a pesar de la escenografía con la que se ha rodeado, se rodea y continuará a configurar su entorno, ni como un bufón o parvenu de la política. Desde que, como empresario del ladrillo y magnate de la televisión privada, fundara su primer partido, Forza Italia y con él ganó las elecciones de 1994, es decir, hace quince años, hasta ahora, ha estado siete al frente del Gobierno, lo cual no es poco. Y en ese tiempo, es verdad, no ha cambiado Italia, pero sí ha cambiado la forma de hacer política y, hablando claro, él mismo ha aprendido a ser un político refinado y de altos vuelos. La prensa internacional, por lo general, le trata a patadas y con pedorretas de mal gusto, con sorna y con desprecio, pero tiene excelentes relaciones con los jefes de Estado y de Gobierno, de los cinco continetes, aquellos que cuentan en el concierto de las naciones. Lo mismo con la Rusia de Putin que con la China hija de Mao, con Israel que con su carissimo amico el coronel Gadafi.

Se ha adelantado a todos, en política nacional y en política internacional. Desde Viña del Mar, desde los salones del Sheraton, en el lugar más exclusivo y costoso, gastos a cargo del contibuyente, de un Chile todavía plagado de desigualdades sociales, los representantes de los mal llamados partidos progresistas, entre los que se contaba nuestro ínclito inquilino de la Moncloa -pero, digo yo, ¿quién coño ha dado el sello de exclusividad progresista sólo a las izquierdas sociatas y comunistas que han llenado el mundo de miseria?, ¿acaso un simple liberal, o incluso uno de la llamada derecha, no puede ser progresista, no puede pretender el progreso para su pueblo y el resto de la humanaidad? Pues bien, a todos estos progres, italianos y no, Berlusconi les ha dado una lección que difícilmente olvidarán.

Ahora, de las promesas de buen gobierno, muy pocas realizadas, tendrá que pasar a los hechos, y a poco que consiga habrá Berlusconi para un rato largo. Y a llegar a sus metas ambicionadas, qué se yo, presidente de la República, César de Roma, emperador del Sacro Imperio de una futura Europa unida y cristiana, le ayudará mucho su gran forma física, exhibida, sin tregua ni pausa, durante estos tres últimos días, a sus setenta y dos años y medio cumplidos (bien es verdad que su médico personal, Umberto Scapanigni, actualmente investigado por varios delitos de corrupción como alcalde de Catania y célebre científico, ha asegurado -y no es coña- que, examinado genéticamente, Silvio Berlusconi "es, técnicamente, casi inmortal").

Se ha hecho componer el himno del nuevo partido, que es una loa a su propia persona. Musiquilla pegadiza, riánse del Himno a la Alegría de la Novena de Beethoven, en que se repite, entre estrofa y estrofa cantada, el estribillo:

"Presidente, estamos contigo

Menos mal que está Silvio...

Tralalá, tralalá...

Presidente, estamos contigo

Menos mal que está Silvio...

Tralalá, tralalá..."

Escuchándoles cuando la cantaban a coro, rodeándole, emocionadas y emocionados, próximos a un éxtasis teresiano, guapetonas ministras y colaboradoras íntimas, ministros y gente de su entorno, maduros y viejos militantes de la derecha, jóvenes y jóvenas de ojos humedecidos por la emoción, besos y abrazos, en el día de la coronación de Silvio I, yo diría que no les cabía una paja en el culo.

!Quién sabe! Quizás Europa esté comenzando a cambiar.

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