lunes 09.12.2019

Pepe Luis Vázquez y las lágrimas de Alfonso Navalón

Dice el maestro de la columna diaria, Manuel Alcántara, que las personas no se mueren, más bien se nos mueren. Y a la actual Fiesta de los toros, derrengada y agónica, se le ha muerto uno de sus pilares fundamentales, su quinta columna, el torero Pepe Luis Vázquez.

Si el frontispicio del Partenón de la Tauromaquia del siglo XX descansará en cinco columnas o basamentos, de izquierda a derecha, y por orden cronológico, se alinearían Joselito, Belmonte, Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Los cinco magníficos del toreo, por su cabeza privilegiada, por ser poseedores de una tauromaquia anclada en los tres cimientos clásicos: el sitio, el cite y el temple. 

Pasada la esquina de los noventa años, casi sin luz en los ojos y en el barrio sevillano de San Bernardo que nunca abandonó, calle Ancha número 10, se nos ha muerto el Sócrates del toreo, como le denominó Vicente Zabala. Pepe Luis tuvo la calificación unánime de magister y no como tantos otros maestros ciruelo que aún siguen habitando ese planeta de los toros, prostituyendo el adjetivo sólo reservado a los grandes, como fue Pepe Luis.

No le vi en directo. Pero la correa transmisora de la afición, esa que se sustenta en leer mucho y escuchar más, habla y no para de lo que fue Pepe Luis. Si  Manuel Fraga pasó a la historia por ser el político al que el Estado le cabía en la cabeza. A este sevillano torero, de ojos azules y frágil figura, colegial tímido de resplandor trigueño en verso de Gerardo Diego, la tauromaquia clásica se la grabó en la testa.

De dónde le vino la inspiración y el conocimiento. Quizá el jardín de la infancia fue terreno abonado. Su padre capataz del desolladero de la Maestranza. Su abuelo, guardián del matadero. Juegos de Pepe Luis  entre vacas de media casta, moruchas que topaban antes der sacrificadas. Embestido por un choto retinto con tan sólo nueve años.  El debut precoz, solo quince años,  a plaza cerrada en la Maestranza, con dos novillos de Guadalest y Miura, siempre la ganadería de Zahariche en la vida de Pepe Luis. La alternativa con 17 años. La carrera prolongada desde 1939 hasta el año 1959, fecha de su definitiva despedida.

En el camino, triunfos, reconocimientos, también más de una bronca, la vida a punto de irse como en Santander o Madrid; tardes de gloria como el concierto de Aranjuez que desgranó en la plaza del Real sitio, el toro de Villagodio en Valladolid, el quite del perdón en Zaragoza al sobrero de Luis Miguel Dominguín. Carteles de tronío junto a su admirado Manolete, Pepe y Luis Dominguín, Antonio y Pepote Bienvenida, Carlos Arruza, o leyendas como Domingo Ortega o Marcial Lalanda con quien compartió salida a hombros en el día de la despedida del "más grande".

En la taberna del Cielo, según se entra a mano derecha, encontraréis una mesa donde Navalón y Joaquín Vidal asisten a la clase magistral de Pepe Luis

Precisamente fue Marcial, otro pilar de la tauromaquia del siglo XX, el más rendido admirador de Pepe Luis y su apoderado, quien mejor describió su importancia en el toreo.  En su libro "La tauromaquia de Marcial", escrito al alimón con Andrés Amorós, señala: "No hay toreo completo. Cerca de la perfección estuvieron Joselito y Pepe Luis. Este tenía una técnica fenomenal, le  fallaba el valor, sí, pero tenía una cabeza privilegiada para el torero. Era muy hondo, mucho más que el sevillanismo de la escuela graciosa que se ha querido ver. Ni críticos, ni afición,  supieron entenderlo. Repito gran lidiador. Desde Joselito no he visto mayor conocimiento, con quince años lo sabía todo. De dónde le venía  era un verdadero misterio. Sus años en el matadero no lo explica.  Faenas de 25 pases  irreprochables y no descartaba miuras, fue el que más corrida lidió de este ganadero en Sevilla".

Pepe Luis, misterio de la vida, como el toreo mismo. Torear como amar es tener un misterio que hay que saber contar. Tantos años en su retiro sevillano. Sin luz en los ojos, pero con la mente repasando esa ansiedad no curada de estudiar los toros desde que salían, de verles las dificultades y las bondades, de estudiar al toro para poderlo. Sin técnica no hay toreo. Si hubiera que patentar la ecuación del toreo de Pepe Luis, en palabras de su biógrafo Santiago Arauz de Robles, habría que registrarla en la distancia para empezar, en conceder al toro su territorio, en conocer y aceptar el ritmo del animal, que es su lenguaje, y culmina en  el temple que, en palabras de Pepe Luis, es el toreo puesto en pie.

Tuve el honor de presidir la entrega al torero que despedimos del X premio nacional universitario en tauromaquia Joaquín Vidal, crítico con mayúsculas fallecido y que le admiró en vida, galardón que concede el Círculo Mazzantini, con sede en el Colegio Mayor San Pablo CEU. Su estado de salud en 2010 era delicado. Nadie mejor para recogerlo de manos de Joaquín Vidal junior, que su alumno más aventajado, su hijo Pepe Luis, aquel otro rubio de ojos azules y cuerpo frágil que una tarde de otoño de 1985 superó al maestro Antoñete. Lágrimas entre los presentes. Entre ellos, el Senador Juan Antonio Arévalo, uno de los grandes aficionados de España.

De repente, alguien entre el público levanta la mano. Pide la palabra. Es Alfonso Navalón, mascarón de proa de la crítica voraz e independiente. Lo intenta. Tiene un nudo en la garganta.  Entre lágrimas acierta a decir, "nadie ha toreado como Pepe Luis". Semanas después Navalón moría de un cáncer. Otro misterio, como el toreo de Pepe Luis Vázquez.

En la taberna del Cielo, según se entra a mano derecha, encontraréis una mesa donde Navalón y Joaquín Vidal asisten a la clase magistral de Pepe Luis.  Mirad es sencillo: primero estudiar al toro, luego distancia, cite y temple que es el torero puesto en pie. Navalón y Vidal apuntan en cuartillas para hacerles llegar la crónica a los ángeles acerca de cómo se torea.

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