martes 30/11/21

Las agencias de calificación

Son muy pocas y terminan formando una suerte de oligopolio en el que, seguramente, la competencia está, por decirlo de alguna manera, controlada. No auditan ni se sumergen en las entretelas de la economía de países y corporaciones, sino que dan una opinión, que a menudo coincide con las generalidades de los observadores o incluso con el reconocimiento de algunos sobre los que opinan. A menudo se equivocan.

Cobran de aquellos a los que califican y no puede descartarse del todo que al mejor cliente le interese que no sea alabada la situación de su adversario. Son americanas. Sin embargo, ninguno de sus clientes renuncia a estas agencias porque siguen siendo un referente, inciden en la opinión de los inversores y todos piensan que se volverían más sospechosos sin su concurso, aunque éste a veces sea demoledor.

Por todo ello se han convertido en el malo de la película, en el chivo expiatorio de todas las dificultades, en una suerte de fantasma a batir por gobiernos y algunas opiniones públicas. Sin embargo, lo que debería preocuparnos no es sólo su influencia sino sus opiniones, a veces con poco aparato documental y de investigación, responden o no a la realidad. Irlanda ve cómo sus bonos son considerados “basura” pero ¿responde esta calificación a la realidad o es una maliciosa venganza en favor de terceros? Grecia, dice otra agencia, está al borde de la quiebra y con la inacción europea, o con prácticas lentas e insuficiente, puede dar un fatídico paso hacia el abismo. ¿Es un modo de dañar, por razones misteriosas, a Grecia o se trata más bien de una constatación general que se desprende hasta de las dramáticas intervenciones de sus dirigentes solicitando ayuda urgente? Se desconfía de la recuperación económica de España y sube el interés de la deuda pero ¿no tienen, creciente, la misma desconfianza en el futuro inmediato los españoles que son preguntados en una u otra encuesta?

Está bien, por tanto, recelar de las agencias de calificación como de tantos otros analistas o actores de la vida económica. También de los gobiernos. Está bien poner, cuando se deba, los puntos sobre las íes y establecer los mecanismos de control adecuados. Está bien contraponer a esas opiniones los datos que se consideren oportunos para que inversores y ciudadanos se  formen una mejor opinión. Pero, cuando la situación es dramática –y a veces patética- por la ineficiencia propia o por los errores de política económica, es un vano recurso arremeter contra las agencias y permanecer en una lamentable quietud quejosa.

“Se han hecho cosas y la situación no es la de antes”. “Somos conscientes de que hay que seguir haciendo reformas”. “Ya dijimos hace años que la modernización de la economía española era un reto inapelable”. “Hay un gasto de las comunidades autónomas y una dificultad adicional para que sean eficaces las políticas generales que debe ser resuelta”, etc. Estos, entre otros, reconocimientos oficiales de una situación a la que hay que enfrentarse no se alejan mucho, salvo en el tono edulcorado de algunos, de lo que las agencias de calificación dicen de España, por no poner un ejemplo ajeno. Podemos quejarnos o hacer esa doble reforma, dolorosa y grave, que sabemos que necesitamos: la propia de la economía española y la de la Unión Europea para salvar el euro. Y parece que la opción es evidente 3.

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