jueves 17.10.2019

Esa cínica resolución contra el sentido común

Es lícito que los gobernantes traten de cumplir sus programas, las propuestas que votaron los ciudadanos. Y si su victoria lo ha sido por mayoría absoluta, pueden convertir su acción en una apisonadora, ignorando no sólo a los rivales, sino a los que les apoyaron y, sobre todo, a los que no les votaron, pero que son los destinatarios de sus políticas: el conjunto de los ciudadanos. Pueden hacerlo, es legítimo, pero no es conveniente, sobre todo en situaciones convulsas. La política es el arte de negociar, de acordar, de buscar soluciones duraderas. En los últimos años, quizás en casi todos los posteriores a la transición, con algunas excepciones, los partidos que han gobernado se han preocupado más de derribar al adversario, de no darle ninguna oportunidad, que de buscar su apoyo, de pensar en acuerdos duraderos. En asuntos como la sanidad, la educación o la justicia, los derechos fundamentales, el acuerdo debería ser el objetivo, pero ninguno de los dos grandes partidos lo quiere.

Los partidos que han gobernado se han preocupado más de derribar al adversario que de buscar su apoyo

¿Es un problema nuevo éste al que nos enfrentamos los españoles hoy? En absoluto. Hace cien años, Ortega, al que hay que los políticos deberían temer en sus mesillas, decía que "el hombre de la calle sospechaba que no puede gobernarse en el vacío. Gobernar es apoyarse en fuerzas sociales... Por muchos que sean los partidarios de un político, son siempre prácticamente más numerosos los enemigos. Lo importante para un político es la adhesión de los enemigos, la cual solemos llamar respeto". "Y para ello, añade Ortega, es imprescindible un mínimum de seriedad en las palabras y en los actos. Los españoles de la nueva generación hemos sido educados en la irrespetuosidad a los gobiernos. Porque los hombres que los integran hicieron imposible todo anhelo de respeto germinante en nosotros: los discursos que oíamos, los escritos que de ellos leíamos manifestaban una cínica resolución de enfrentarse con el sentido común. Solían ser palabras y frases inanes, absurdas, exentas de contenido, como nacidas en cerebros paralíticos".

Háganse respetar, señores gobernantes. Por la oposición, por las fuerzas sociales -que no son sólo los sindicatos ni los empresarios- y por el conjunto de los ciudadanos. Querer ganar siempre por goleada, incluso sin bajarse del autobús, es posible con mayoría absoluta. Pero tratar de reformar la educación, la justicia, la sanidad, los modelos de convivencia sin respaldo amplio, sin el consenso de otros, es una garantía de que cuando cambie el Gobierno cambiarán todas las leyes, otra vez sin consenso, con rodillo. Y así un país no sólo padece la inseguridad jurídica, sino que seguirá estancado. "¿Cuándo aprenderán nuestros ministros, terminaba Ortega, que los hombres de la calle no hemos venido al mundo para que se nos gobierne con facilidad, sino que, al contrario, los gobiernos existen para que los hombres de la calle puedan vivir cada día con mayor plenitud y menos vetos? Ortega, cien años atrás. No hemos avanzado mucho. Si quieren ser fuertes, escuchen y negocien.


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