lunes 18.11.2019

Los jueces han ido demasiado lejos

El problema de las huelgas no es empezaras, lo difícil es acabarlas. Lo decía años atrás un dirigente sindical experimentado cuando sus colegas le reclamaban movilizaciones y máxima presión. Los cabecillas de los jueces no tienen experiencia sindical, se aproximan a las reivindicaciones al bulto, sin medir bien posibilidades y consecuencias, que las hay buscadas y no buscadas.

Una oportunidad para los jueces es seguir la senda de pilotos y controladores aéreos, cuerpos de élite con capacidad de presión, capaces de poner a los gobiernos de rodillas, sobre todo a los que tienen piernas blandas.

Los jueces, al menos los más agitados, se han ido movilizando por iniciativa propia y por contagio y provocación. Ahora se sienten provocados por el Gobierno y por el mundo en general. Perciben pérdida de reputación y de imagen pública y, tras el lamentable 'caso Tirado', se sienten como el apellido del malhadado juez de Sevilla: tirados y menospreciados, calificados de poco productivos y medianamente competentes.

El anterior Consejo General del Poder Judicial hizo un largo e intenso recorrido al desprestigio social, y ahora viene la cosecha de lo que sembró. El nuevo Consejo trata de recomponer, de evitar discrepancias y de no poner de evidencia politización y partidismo. Pero no es seguro, ni probable, que ese nuevo consejo consiga encauzar el malestar de los jueces y magistrados y evitar una huelga insólita.

Para la oposición, la huelga de jueces es una oportunidad, descalifican la huelga en teoría, pero no ocultan que significa una oportunidad para desgastar al Gobierno, que tiene que salir en tromba a descalificar la huelga. Con las críticas del ministro de Justicia, que apela incluso a una traición al mandato de los magistrados, y las del presidente del Gobierno, que nos explica la actitud de quienes representan un poder independiente del Estado, los agitadores se sienten más motivados, más justificados en su revuelta.

Técnicamente, una huelga de jueces es de lo más exótico, no tiene precedentes en democracias maduras o medio avanzadas. Pero el proceso ha empezado y no será fácil pararlo. De hecho ya hemos tenido algún amago de huelga y ahora se prepara el ensayo general en febrero de lo que sería una huelga de verdad en junio. Son cuatro mil jueces, la mitad afiliados a organizaciones profesionales que sirven de trampolín para aspirar a algunos cargos. La otra mitad prefieren no afiliarse, hacer su trabajo (o no hacerlo) sin ceder representatividad. Con que algunos centenares de jueces paren, el conflicto está servido y la vuelta a la normalidad necesitará tiempo y costes. De la huelga, lo más difícil es salir con la cabeza alta. En este caso lo más probable es que todos salgan de mala manera, agotados y con menos crédito.

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