domingo 15.12.2019

Ni espíritu ni Transición

Hace unos días leí en el El País un artículo de Julian Casanova -autor junto con Carlos Gil Andrés de la Historia de España en el siglo XX- donde hablaba del espíritu de la transición y como en torno al mismo se ha hecho una leyenda rosa que edulcora, los tiempos revueltos que se vivieron entonces, tal vez porque el final fue feliz... Recordaba el autor que Adolfo Suárez en menos de un año puso en marcha un proyecto de ley para la Reforma política que sirvió de guía hasta las elecciones generales de junio de 1977 en un escenario sembrado de miedo, terrorismo, recuerdos constantes al pasado traumático y llamadas a la paz, al orden y la estabilidad, un panorama muy distinto al que afortunadamente vivimos ahora.

"La UCD de Suárez, constituida cinco semanas antes por grupos de origen muy distinto, ganó las elecciones con el 34,4% de los votos y 165 escaños y volvió a ganar las de marzo de 1979, tras la aprobación de la Constitución de nuevo sin mayoría absoluta. La figura de Suárez se deterioró con la misma rapidez con la que había brillado y tuvo que dimitir menos de dos años después, el 29 de enero de 81, en medio de una profunda división en su partido, de enfrentamientos personales y presiones de sus principales dirigentes", añadía.

El artículo estaba bien traído. No conviene olvidar la historia de la UCD porque muchos de los factores que confluyeron para su desaparición, con la lógica distancia del tiempo y el momento, se podría dar ahora tanto en los partidos tradicionales como en los llamados emergentes. Hay un sectarismo a raudales, un ego subido de tono en algunos dirigentes, poca altura de miras, una soberbia intelectual muchas veces inexplicable y, sobre todo, una crispación impropia de un país con una democracia suficientemente asentada. No es una "italianización" de la política española, como afirman algunos, sino un deterioro de los valores democráticos que es mucho más grave.

Dice un amigo mío que, en general, los ciudadanos vivimos en la inopia de lo que se cuece en los fogones del poder y por eso sólo cuando surge un escándalo nos echamos la manos en la cabeza. Es verdad que los poderes del Estado, el legislativo, el ejecutivo y el judicial se han ido debilitando con el transcurrir de los tiempos, sobre todo por los escándalos de corrupción, pero sería absurdo creer que todo está perdido. El problema es que nuestro país no suele aprender de su propia historia y algunos políticos del último cuarto de hora se creen que no deben nada a las generaciones anteriores, esas que luchamos por la libertad, lo cual además de ser injusto es de una miopía que roza la ignorancia.

Nuestros políticos han entrado en una espiral tremenda que roza el desprecio intelectual hacia el adversario

El asunto es que nuestros políticos han entrado en una espiral tremenda que roza el desprecio intelectual hacia el adversario, cosa que no ocurría en la transición. De hecho Fernando Onega ha contado alguna vez que Adolfo Suárez sentía una atracción especial hacia Felipe González: "admiraba el halo mágico que le rodeaba, como una esperanza del futuro. Lo veía como su alternativa, lo cual le creaba una sensación de recelos una incómoda ansiedad y sentía algo de envidia por la legitimidad democrática de la que estaba investido su adversario. A Suárez en el fondo le hubiera gustado ser Felipe González y se puede decir que a pesar de los obstáculos y los desplantes hubo respeto y cordialidad entre ambos". Leer esto y ver la relación que existe en estos momentos entre el presidente del gobierno en funciones y el líder de la oposición o el resto de los dirigentes políticos te lleva a la melancolía y a pensar que en este país se esta produciendo un retroceso democrático también en las formas. Cuentan que Pedro Sánchez el día del "no café" en la Moncloa no quiso ni siquiera permanecer unos minutos de cortesía en la misma habitación que Mariano Rajoy y esperó fuera en la calle -aunque hacia un frío que pelaba y se le invitó a quedarse dentro del edificio- a que vinieran a buscarle, para dejar claro que cualquier acercamiento era imposible. Ese fue el motivo por lo que después Rajoy se negó a darle la mano, delante de los fotógrafos, como un acto de revancha cuando fue el líder del PSOE quien le convocó en su terreno.

En este estado de cosas a día de hoy es imposible pensar que el espíritu de la Transición edulcorado o no, al que tanto se apela, vaya a reeditarse en la escena política española. Aquí todos están mirando a su pequeñísimo ombligo partidista y así no hay manera ni hay convivencia ni reconciliación que valga. Todos quieren conseguir el poder a costa de lo que sea y una vez más se dibujan, desgraciadamente, los fantasmas de esas dos España que nos persiguen como una eterna maldición.

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