domingo 15.12.2019

La daga y el fin de la inociencia

¡Dan ganas de cerrar el país y marcharse! -decía el otro día una amiga mía alarmada por lo que todos los días publican los periódicos, pero añadía con toda la razón- ¡Menos mal que los ciudadanos estamos aquí para demostrar que somos quienes levantamos el país, somos honrados y no una panda de corruptos como nuestros políticos! El comentario no podía ser más certero y oportuno porque, aunque sea una mentira tan extendida que parece verdad, los políticos corruptos, los que se han llenado sus bolsillos a nuestra costa no son el reflejo de la sociedad sino la grasa que sobra en ella.

Ni el país va a estallar, ni esto es la hecatombe, ni estamos ante el Apocalipsis, pero sí es época de cambio, de ¡Basta ya! De hartazgo y la única esperanza posible es que las alcantarillas se abran y se  limpien y no sólo se tapen para que no huelan. Muchos se preguntan, encandalizados, como se ha podido llegar a una situación en la que no se libra ni Dios, donde no hay partido limpio, ni institución impecable a la que mirar, e intentan engañarse poniendo paños calientes a lo más simple: que algunos se han creído que podían hacer de su capa un sayo porque eran poderosos y se pensaron impunes para todo. Aquel famoso acto pueril y de prepotencia del "usted no sabe quien soy yo" se ha ido perfeccionando, con el tiempo, hasta convertirse en una especie de "lo puedo todo porque estoy en política  y puedo hacer lo que me venga en gana", sólo que siempre hay límites y líneas rojas que no pueden traspasarse y es de esperar que quien la hace la paga.

El mapa de la corrupción en España esta cuajado de hombres y mujeres que creíamos grandes y se han tornado en miserables, de héroes que eran villanos y hasta de tonadilleras que optaron por el "dientes, dientes", amparando el saqueo de las arcas públicas ante la confusión y el relumbrón de las cámaras y los flashes. ¿Qué ha pasado para que se confunda tanto y tan ampliamente lo público y lo privado, para que los amigos de los ajeno se hagan fuertes en los despachos más principales y para que en cualquier resquicio de moqueta y salón algunos hayan encontrado su particular cueva de Ali Baba? Pues, entre otras cosas, que muchos han mirado hacia otro lado, y ha habido demasiados silencios cómplices. Tanto, que si miramos atrás es fácil observar como la democracia ha perdido su inocencia y es demoledor.

El otro día, ojeando un libro de Julio Feo - el que fuera gran amigo y mano derecha de Felipe González cuando este llegó a la  Moncloa- me encontré con un capítulo, que ahora resulta naif, sobre las dudas que se les presentaron sobre qué hacer con los regalos que recibía el entonces inquilino de la Moncloa. Según relata el primero que recibió fue una daga de oro, platino y rubíes del Rey de Arabia Saudí, que era valiosísima. El presidente del Gobierno preguntó que debía hacer con ella y su asesor le sugirió que hicieran algo similar a lo que, en esa época, en 1982 se hacía en Estados Unidos, donde cualquier regalo que en ese momento costara más de cincuenta mil pesetas se utilizaba como decoración y luego revertía al patrimonio nacional. Como querían darle forma legal al asunto se lo pasaron a los abogados del estado. "Tardaron bastante tiempo para terminar por emitir un informe que aseguraba que imposible hacer lo que se pedía,  ya que no se podían aceptar regalos. En vista de que no se podía hacer, formalmente, lo que queríamos lo que hicimos fue abrir un registro interno en el que se fueron apuntando todos los regalos que se hacían al presidente y este los fue guardando en una habitación  para en el futuro decidir qué se hace con ellos" relataba el autor.  Leyendo el cándido relato es muy fácil de imaginar que harían todos estos sinvergüenzas de esta época con tan suculentos regalos y viendo como ha ido degenerando la cosa sólo cabe recuperar la honradez, volver a entender la cosa pública como un servicio a los ciudadanos y no como una forma de trepar, enriquecerse y actuar con contundencia para recuperar la dignidad. Aquí no cabe todo y no caben todos y este no puede ser un país para marcharse por culpa de esta panda de sinvergüenzas. De echar el cierre nada, lo que hay que hacer es echarles a ellos.

La daga y el fin de la inociencia
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