sábado 18/9/21

Verano lleno de dudas

Seguramente, cuesta encontrar en la memoria un verano parecido a éste que para la mayoría está a punto de convertirse en paréntesis vacacional. Por un lado, se afronta con la tesis oficial de que lo peor ha pasado. Por otro, arranca preñado de incertidumbres sobre el otoño, dado que no faltan augurios y vaticinios de que la parte más dura de la crisis va a emerger precisamente en los meses finales del año e incluso en los primeros del próximo 2010 que otros -casi nadie además del Gobierno y asociados- señalan como el inicio de la ansiada recuperación.

Las dudas están por doquier. Las hay referidas al inmediato futuro, pero tampoco faltan sobre lo ya pasado: ¿qué ha fallado, en realidad, para pasar el embrujo de la prosperidad asegurada a haber estado al borde del desastre total?

Con relativa fortuna se ha ido afianzando la idea de que todo ha ocurrido como consecuencia de la desregulación. O, dicho de otra manera, por un supuesto predominio de lo privado frente a lo público. La solución, por tanto, no sería otra que más Estado, o cuando menos mayor y más intensa regulación, en especial orientada a controlar y frenar la avaricia privada que habría abocado a la situación actual.

Inevitablemente recuerda, aunque en sentido un tanto inverso, lo ocurrido en la parte final de la década de los años ochenta, cuando la sobredimensión de la presencia estatal en la economía también puso casi todo al borde del colapso; se percibiera como ahora, menos o más. Entonces surgieron por doquier teorías partidarias de expulsar lo público de cualquier actividad y se habló -más que se hizo- de privatizar lo imaginable.

Más cierto que las atribuciones genéricas de mérito y culpas es que ni entonces ni ahora las bondades y deficiencias han estado residenciadas en uno solo de los bandos en contraposición. Nunca las virtudes han sido públicas y los vicios privados, pero tampoco al revés. Por ir a lo más reciente -en el fondo, actual-, ha fallado más la forma de ejercer la potestad reguladora que el armazón legal que la sustenta, pero no en todas partes ni de la misma forma. Igual que se han producido irregularidades -en puridad, engaños- en ámbitos privados, pero tampoco con carácter general. En otras palabras, se han acumulado yerros en las dos vertientes, numéricamente minoritarios, por más que la globalidad haya impuesto una propagación de efectos mucho más extensa y acelerada que en cualquier precedente que se pueda manejar; incluido el tan manoseado crack del 29, sobre el que muchos autores de citas perpetuas desconocen lo elemental.

Es muy probable que, entonces y ahora, sobren actitudes fundamentalistas, sea en contra o a favor de una u otra maximización. La experiencia ha probado de forma suficiente que privado y público acaban fallando cuando se exceden, entre otras razones porque nunca han acabado de encontrar un reparto sostenible de presencia, peso e influencia en la realidad.

Pasando de la teoría a lo práctico, las dudas son más que las certezas, no sólo sobre si esta vez se logrará encontrar un equilibrio eficiente y estable entre lo público y lo privado, aunque también.

Sin entrar a discernir si los gobiernos han actuado mejor o peor, antes, durante y después de la fase más aguda de la crisis global, existe una evidencia que no deja de ser inquietante: la multiplicación geométrica de la deuda contraída por los estados y sus presumibles efectos de aumento de los tipos de interés en los mercados y subidas de impuestos, país a país. Un escenario que puede desembocar en una mayor presencia estatal en la vida económica, acaso no buscada expresamente, pero quizás inevitable para mantener tejido productivo en pie. Algo que, de producirse, sólo hay que rememorar los años ochenta para sospechar cómo acaba una realidad de más Estado... para los demás.

De momento, es verano y el otoño... ya vendrá.

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