miércoles 11.12.2019

Salir del euro...

Suena a amenaza, pero algunos empiezan a pensarlo como posibilidad, forzada o voluntaria, dependiendo no se sabe muy bien de qué. Ahora mismo, la elucubración se centra exclusivamente en Grecia, pero nada impide especular con cualquier otra economía que eventualmente se sitúe en una posición más o menos similar. Otra cosa, bastante distinta, es que se llegue a materializar.

Lo cierto, en todo caso, es que mencionarlo ya es suficiente para que los mercados, de por sí inquietos y propensos a la lectura dramática de cualquier cosa, se alteren más -si cabe- de lo muy alterados que discurren ante cualquier novedad. Las consecuencias de una hipotética salida del euro para el protagonista directo se intuyen claras, pero es dudoso que no tocara afrontar costes a los demás.

Penetrar en las razones por las que pasa lo que está pasando resulta bastante difícil, sobre todo si se intenta hacer bajo una óptica racional. Pero hay que reconocer que existen ingredientes para que se produzcan recelos en torno al devenir más o menos inmediato de la moneda común. Unos son de índole estructural, anidados en el diseño mismo del área monetaria unificada y sus mecanismos de gestión. Otros derivan de aspectos coyunturales y, en particular, del comportamiento de algunas economías asociadas, con Grecia como expresión más que singular. Y no faltan los que pudieran considerarse institucionales, en parte derivados de aquéllos, pero básicamente centrados en una imagen de vacilación que, si bien es propia del devenir comunitario, en este asunto concreto tiene más contraindicaciones de lo normal.

No por repetirlo deja de tener validez: el montaje articulado en torno a la moneda única adolece de insuficiencias y peca de excesivo voluntarismo o, si se prefiere, fe en la buena voluntad de los integrados en ella. Se aprecia, sin ir más lejos, en el propio espíritu del tratado, cuando prohíbe de forma expresa la asistencia financiera de unos países a otros, como descartando eventuales desviaciones de la ortodoxia o infravalorando el efecto de una crisis nacional sobre el comportamiento de los mercados frente al conjunto.

Se antoja bastante llamativo que no se previera lo que finalmente ha ocurrido: el riesgo de la deuda del país hoy por hoy más problemático -Grecia- radica en el sistema financiero de varios socios de la eurozona. Quiere decir que un eventual default de la deuda helena amenaza seriamente la solvencia de algunos bancos comunitarios, planteando la fatal disyuntiva de asistir al Tesoro griego o a las entidades bancarias de más de un país comunitario.

Otra marcada insuficiencia, en absoluto la única, es haber fijado un esquema de sanciones más teórico que aplicable para casos de incumplimiento de los compromisos contraídos para integrar el euro. Se demostró muy pronto cuando Alemania y Francia, entre otros, rebasaron con creces el tope de déficit establecido en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), o en el persistente incumplimiento de las ratios de deuda por parte de Italia y Bélgica, entre otros. Y se ha constatado incluso cuando, como ha sido el caso, ha quedado probado que las autoridades de Atenas amañaron durante años la contabilidad remitida a Bruselas, fuera con complicidad, dejación o negligencia de la oficina Eurostat.

Aunque quizás la peor carencia sea la incapacidad institucional, política y práctica para adoptar decisiones con que enfrentar la crisis, tanto por parte del Eurogrupo como en el seno del Ecofin... todo ello con un Banco Central Europeo (BCE) impotente o mero espectador.

Siempre se dijo que el euro afrontaría su prueba de fuego cuando llegaran tiempos de crisis... pues ya está aquí.

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