miércoles 11.12.2019

Paradojas de coyuntura

A lo mejor por coincidir con Semana Santa, el análisis de la economía que difundió ayer el Banco de España no suscitará los habituales enfado y reproches de Gobierno & Asociados, pese a que empeora sensiblemente los cálculos que viene manteniendo el Ejecutivo, sobre todo en términos de crecimiento (en realidad decrecimiento) y cuentas públicas. O quizás se repriman, conscientes de que el organismo, desprovisto del imperativo político, cuenta con algo más de credibilidad. Lo que no será tan fácil es que pase incontestada su enésima insistencia en que el mercado laboral precisa introducir cambios en los modelos de contratación.

Haya o no reacciones, la lectura detenida del informe mensual (marzo) sobre la economía española afianza un poco más la sensación de que el análisis de la realidad va por un lado y la dinámica política discurre por otro, empezando por la que imprime el Gobierno y siguiendo por la que sustenta oposición. Puede que, siquiera en parte, exista cierta obligación de los gobernantes a tratar de pintar las cosas mejor de lo que son, en aras de insuflar un poco de optimismo y algo de confianza, dado que suelen ser ingredientes necesarios para que se haga efectiva la recuperación... o al menos no vaya a peor. O que la oposición se sienta en una especie de obligación de tender al derrotismo, sin más preocupación que desgastar al adversario. Y que el banco central, por su parte, deba pronunciarse con más realismo, incluso tendiendo a dibujar el peor de los escenarios, con ánimo de reforzar su perfil de independencia y hasta prevenir que el deterioro vaya a más.

Es posible, también, que esté incidiendo en el ánimo social el habitual fenómeno de dar más crédito al pesimismo, cuando las cosas no marchan, del mismo modo que toda advertencia suele sonar agorera cuando se viven tiempos de prosperidad. En todo caso, lo cierto es que, hoy por hoy, domina la propensión a considerar que la economía española está lejos de encarar nada parecido a una recuperación.

Sin duda, lo anterior se puede entender que contrasta con una realidad de estos mismos días: una parte relevante del país ha emprendido o está a punto de emprender unas jornadas de asueto, descanso, ocio y, en definitiva, inactividad. Sin perjuicio de otras noticias, lo más seguido ahora mismo en los informativos es la previsión del tiempo, el estado del tráfico y, como no, la preocupación por los perjuicios que vayan a suponer algunos conflictos en el sector del transporte, convocados -caso de Renfe- o sospechados -mejor no mencionarlos-, en la ida y vuelta del período vacacional. Las estadísticas que manejan los hoteleros, por ejemplo, señalan elevados índices de ocupación en numerosos enclaves del país y no es fácil encontrar, a estas alturas, plaza para viajar dentro o fuera del territorio estatal.

Los datos, en cualquier caso, son los que son. El año en curso parece abocado a un nuevo recorte en el Producto Interior Bruto (PIB), un aumento significativo del paro y un cierre de cuentas públicas bastante parecido al desastroso habido el ejercicio anterior: esto es, elevado déficit y mayor carga de deuda a futuro que, aunque a veces parezca olvidarse, habrá que pagar.

Nada, al parecer, lo suficientemente importante para que los líderes políticos se hayan avenido a renunciar al disfrute de un paréntesis en su intento (?) de acordar la forma de superar una coyuntura cuyo pronóstico sólo se divide entre malo y peor.

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