viernes 3/12/21

Europa, como de costumbre

La pregunta es casi automática: ¿no había nadie mejor? Aunque quizás haya que plantearse otra: ¿deseaban alguien mejor? Surgen desde la noche del pasado jueves, cuando se conocieron los nombres del belga Van Rumpuy y la británica Ashton para ocupar dos de los tres puestos institucionales de teórica relevancia al frente de la Unión Europea (UE). El tercero está asignado desde el pasado verano al portugués Durao Barroso.

Aunque nunca se sabe, no da la sensación que alguno de ellos vaya a restar protagonismo a la canciller Merkel, al presidente Sarkozy o al premier Brown (¿Cameron, a partir de marzo?) o siquiera a los aspirantes a figurar un poco más como los jefes de Gobierno italiano, español o polaco.

A lo mejor, lo más inquietante sea la rapidez con que los veintisiete se han puesto de acuerdo esta vez. Sugiere que en realidad comparten la idea de que Europa debe seguir jugando una estrategia de bajo perfil, tratando de coordinar lo mejor que pueda los intereses nacionales de cada Estado miembro, en lugar de acometer, de una vez por todas, políticas verdaderamente comunes y capacidad para ser un actor de peso en el escenario global.

Ejemplos ilustrativos no faltan. Uno muy mencionado es articular una política exterior y de seguridad unitaria. Para lograrlo, el Tratado de Lisboa prevé la configuración de un servicio exterior muy dotado, en medios y personal, pero deja abierta la duda de quién será el verdadero encargado de dirigirlo. La elección de Alto Representante sugiere más bien una labor de coordinación que una dirección efectiva.

Otro, últimamente de especial trascendencia, es la política energética, donde los Estados miembros siguen empeñados en no ceder un ápice y continúan firmando acuerdos bilaterales, para regocijo de los países productores, con Rusia en primer lugar.

Y qué decir de la pomposa Estrategia de Lisboa, suscrita en el 2000 con la meta de convertir Europa en la economía más avanzada del planeta... antes del 2010. La realidad, a punto de expirar el periodo marcado, es que no sólo se ha ampliado la brecha tecnológica y de eficiencia con Estados Unidos, sino que varios emergentes han ganado posiciones, al punto de pisar los talones en más de un sector.

O del espinoso asunto migratorio, enfrentado a la evidencia de un creciente retroceso de la población europea potencialmente activa, que hasta la fecha ni siquiera ha impulsado una estrategia mínimamente compartida, más allá de la retórica conceptual.

Europa, en definitiva, tiene mucho por hacer. Lleva demasiados años sustituyendo la (in)capacidad de abordar los problemas por la profusión de declaraciones pomposas, cuando no abordando enjundiosas reformas de los tratados, cuando lo que probablemente falta no son textos legales, sino voluntad.

La vieja pregunta de Kissinger -¿a quién llamo para saber qué quiere Europa?- sigue sin respuesta: ni siquiera fueron capaces de despejarla Van Rumpuy, Ashton y Durao Barroso la pasada semana, cuando un periodista la formuló a los tres, horas después de la designación.

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