viernes 3/12/21

La concertación ya tiene "malo"

No se puede decir que la patronal CEOE haya estado precisamente afortunada mientras ha permanecido sentada en torno a la mesa del llamado diálogo social. Probablemente no lo tenía fácil, pero tampoco sus máximos dirigentes han estado sobrados de habilidad y han acabado dando pie a la imputación final de ser presentados como culpables absolutos de la ruptura, escenificada al unísono por el Gobierno y los sindicatos, a la que ni siquiera han sido capaces de responder, aportando una explicación medianamente clarificadora -creíble- de lo que han defendido y por qué.

Acertadas o no, van a ser -están siendo- inevitables las comparaciones con procesos precedentes, en particular los que acabaron bien. Alcanzarán también, o sobre todo, a la contraposición de los directos protagonistas, entre otras cosas porque sólo es reincidente el secretario general de UGT, Cándido Méndez; los demás afrontaban un proceso de este tipo por primera vez. De momento, el malo oficial resulta ser la patronal, personificada en su presidente, Díaz Ferrán, pero ¿es así de sencillo o, si prefiere, simplón? Seguramente no.

El papel del Gobierno, por ejemplo, no ha sido el habitual. Desde las primeras sesiones negociadoras deslizó posturas más alineadas con los sindicatos que con la otra parte, sin esforzarse demasiado, apenas nada, por transmitir una imagen de neutralidad. También, acaso preocupados por otras cuestiones más acuciantes, los directamente encargados del tema -Ministerio de Trabajo- no dieron la sensación de estar preocupados por la falta de contenido de la mesa, hasta que de repente entraron las prisas y empezaron a forzar la máquina, empeñados en firmar un acuerdo -¿cualquier acuerdo que permitiera foto?- antes del inicio de las vacaciones de agosto. Quizás por eso la virulencia gubernamental contra la CEOE está siendo estos días muy superior al tono mesuradamente crítico exhibido desde los dos sindicatos.

La patronal, por su parte, puede haber sido, más que otras veces, víctima de la dualidad que alberga: por un lado, una cúpula directiva y varias asociaciones particularmente influyentes con marcadas vinculaciones y dependencias de los Presupuestos y, en consecuencia, necesitadas de armonía con el equipo gubernamental; por otro, unas bases y agrupaciones inmersas en las partes de la economía que se están viendo más afectadas por la crisis, únicamente sujetas a la descarnada exigencia de competitividad, sin subvenciones, contratos ni cobertura públicas, padeciendo dificultades cotidianas para obtener financiación y cuadrar las cuentas de explotación. Es posible que las expectativas de acuerdo se hayan fundamentado en exceso en la capacidad de influir sobre la primera vertiente.

Lógicamente, el ingrediente político era inevitable, si no consustancial, pero acaso esta vez haya estado más presente de lo debido por todas partes, incluida la patronal. Es inevitable pensar que el proceso haya sido una víctima más de la dinámica imperante, reprobable en sí misma, pero desde luego mucho más teniendo en cuenta la grave crisis que está tocando atravesar.

Basados o no en la discutible convicción de que lo peor ha pasado, los dos grandes actores de la política española están inmersos en una táctica que prioriza el desgaste del adversario por encima de lo demás, con el agravante de estar arrastrando en la misma línea -una u otra- a buena parte del resto del país. Algo que, de forma inevitable, induce a plantear qué grado de gravedad ha de alcanzar la coyuntura para que cambien de táctica y decidan aunar esfuerzos para tratar de enmendar cuanto antes la situación, dado que parecen estar de acuerdo en que no basta el actual.

No hay que descartar que la demonización de los empresarios, y por extensión la oposición conservadora, movilice votos a favor del Gobierno y el partido que lo sustenta. Tampoco que un empeoramiento de la coyuntura, en absoluto descartable para el próximo otoño -indicios no faltan-, acentúe la erosión de las expectativas electorales del Partido Socialista y su secretario general-presidente del Gobierno, dando opciones al Partido Popular para recuperar el poder.

Pero, dejando al margen lo siempre incierto de las repercusiones efectivas en las urnas, lo evidente es que ninguna de esas estrategias contribuye a arreglar uno solo de los graves problemas que están recortando las opciones de recuperar un horizonte de prosperidad y riqueza. Todo lo contrario: así no se arreglará nada y, sean unos u otros los malos, el futuro será peor.

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