viernes 3/12/21

El año que viene...

Como suele suceder camino del final de cada año, estos días abundan los pronósticos sobre el ejercicio a punto de comenzar. Los hay de todo tipo y referidos a muchas cuestiones, pero en esta ocasión capturan mayor interés los que se refieren a la tasa de crecimiento de la economía y la evolución del paro, como es obvio estrechamente vinculados entre sí. Y la verdad es que, dejando aparte al Gobierno, la mayoría no lo pinta precisamente bien.

Sin duda, el oficio de pronosticador no tiene últimamente buen cartel. Sólo hace falta releer lo que predominaba en análisis y vaticinios, no ya antes de empezar a manifestarse la crisis, sino incluso cuando los primeros síntomas ya habían aparecido, comenzando por los servicios de estudios y acabando por la agencias de calificación. Y qué decir de los gobiernos: unos más que otros, la mayoría se mantuvo durante meses en la tesis oficial de que la cosa no iba a pasar de leve chubasco, hasta que no quedó más remedio que reconocer que el mundo estaba inmerso en una dura y prolongada tempestad.

Inevitablemente, sin embargo, el vaticinio forma parte de eso que es necesario para desenvolverse, sea desde un puesto de responsabilidad empresarial o para cualquier ciudadano común. El empresario o el gestor no tienen más remedio que tratar de anticipar el futuro. El consumidor individual, por su parte, no puede y probablemente no debe sustraerse de sus propias expectativas cada vez que se plantea invertir o simplemente gastar. De ahí que la incertidumbre sea el peor de los escenarios, por lo que comporta de tendencia a la paralización.

El problema sustancial es responder a una simple duda: ¿a quién creer?, ¿a los expertos, que coinciden en pintar un panorama entre muy gris y totalmente negro para los próximos doce meses?, ¿al Gobierno, que asegura tener suficientes indicios de que está muy próxima la recuperación?

Decantarse no es fácil. Los analistas profesionales han dado sobradas muestras de no ser infalibles, además de constatar que se abonan con facilidad a la ola dominante: cuando toca ser optimista, se abre una especie de carrera para ver quién lo es más; por el contrario, cuando la inclinación es pesimista, se instala una especie de pugna para brindar el pronóstico peor. Mientras, el Gobierno, parece imbuido de una suerte de convicción de que su mensaje en clave positiva actuará como ingrediente contributivo a que las cosas vayan mejor. (De la oposición, mejor no hablar.)

Seguramente por todo ello, se aprecia una marcada tendencia a la inhibición. En términos generales, el consumidor elige esperar y ver, limitando sus desembolsos a lo que no puede o quiere demorar. ¿Incluso en Navidad?

Ciertamente, la crisis sólo ha impactado de forma directa en ese millón largo de personas que ha perdido su empleo en los doce últimos meses, pero otros, aunque no se sepa cuántos, han visto reducidos sus ingresos en forma de bonus, participación en beneficios, primas y demás fórmulas incentivas. Y bastantes más contemplan en su actividad cotidiana cómo la empresa en la que trabajan está perdiendo ventas, clientes y, en definitiva facturación; todo un anticipo de posibles recortes de plantilla o retribución.

Todo eso, no hace falta decirlo, es mucho más decisivo que la profusión de mensajes, optimistas o pesimistas, que unos y otros se empeñan estos días en lanzar como anticipo de lo que creen o les interesa que vaya a ocurrir en el 2010.

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