sábado 14.12.2019

Sexo al sol

Esta gran historia ocurrió en una playa catalana, apartada del mundanal ruido de la gran ciudad. Era un día caluroso de otoño, llevaba una semana aislada del mundo y mis opciones de ocio hacía ya días que se me habían agotado. Llevaba tres días pasando las tardes en la playa. Pasear, leer y aprender a desconectar de una vida de locos fueron mis únicas labores durante largas horas. Horas que se convertían en días, días que se convertían en semanas. Y que pasaba siempre en el mismo sitio: una calita secreta que un amigo me enseñó hace dos veranos y a los que sólo se podía acceder nadando.

Después de rodear a nado la enorme roca que separaba este área paradisiaca del resto de la costa me tumbé en la arena exhausta disfrutando del sol. De mi mochila impermeable saqué la novela que estaba a punto de terminar, me puse los cascos y comencé a disfrutar del momento del día más mágico, donde imaginaba quedarme toda la vida, donde me imaginaba sobreviviendo. Ya estaba en lo más profundo de mis pensamientos cuando mi cuerpo, de repente, se quedó en sombra durante unos instantes. Me sobresalté . No esperaba a nadie en aquel lugar. Levanté la cabeza, me retiré las gafas de sol y vi un cuerpo escultural sentado a pocos metros de mí. Yo volví a mis pensamientos, como si no hubiera visto nada, deseando volver a quedarme sola. Pero eso no ocurrió. Mi nuevo compañero en la soledad también tenía sus motivos para quedarse allí.

Pasó un rato largo hasta que acerté a ver su cara. Aproveché el momento en el que él salía del agua para fijarme mejor, y ¿cuál fue mi sorpresa? En absoluto era una cara desconocida. Volví a levantarme las gafas de sol para cerciorarme mejor y grité: "¿Pablo?". Él reaccionó y se acercó titubeante. Aún no me había reconocido. Cuando ya estaba más cerca sonrió sorprendido. "¿Qué haces aquí?", me preguntó. En ese momento comenzamos una conversación que duró horas. Fue compañero de la carrera y hacía más de diez años que no nos veíamos.

El sol apretaba con fuerza y decidimos darnos un baño mientras seguíamos poniéndonos al día. Él fue mi primer rollo en la universidad y la conversación no tardó en salir. Nunca llegamos a acostarnos, pero él me confesó que siempre se quedó con las ganas. Durante unos segundos yo me sonrojé, no estaba acostumbrada a tener ese tipo de conversaciones y para evitar la conversación le reté a una carrera hasta la primera roca. Él aceptó y sin darme tiempo a reaccionar comenzó a nadar velozmente hasta la meta que nos habíamos marcado. Yo le grité enfadada y salí tras él. Finalmente ganó el reto y dijo que merecía una recompensa. Me pidió que cerrara los ojos. Yo me reí porque pensé que iba a castigarme metiéndome la cabeza debajo del agua, pero no me importó. Le hice caso; y cuando me quise dar cuenta tenía sus labios pegados a los míos. En un principio me sobresalté, pero tengo que confesar que en ningún momento me aparté.

Nuestros besos cada vez fueron más apasionados. Comenzamos a inspeccionar nuestros cuerpos bajo el agua, pero justo estábamos en una zona en la que no hacíamos pie y nos dimos cuenta de que sería muy complicado seguir en aquella posición. Nos reímos con fuerza y mientras seguíamos besándonos empezamos a barajar opciones. La de la arena la descartamos al instante. Ambos ya habíamos tenido experiencias previas y no habían sido nada gratificantes. La de volver a nuestros apartamentos también. El calentón que teníamos lo debíamos de resolver en ese momento. Y entonces, a los dos a la vez, se nos ocurrió subir hasta el primer plano que tuviera la roca. No era muy complicado y no lo pensamos más. En cinco minutos ya estábamos tumbados al sol, en un pequeño trozo de roca plano y desnudándonos.

No había mucha ropa que quitarse, así que pronto comenzamos a disfrutar de nuestros cuerpos desnudos. Me tocó como nadie me había tocado hasta el momento. Y con su lengua rodeó todo mi cuerpo hasta llegar a mis ingles. Allí se detuvo un rato más. El necesario para ascender hasta las nubes. Me estiré entera y dejé que él hiciera todo el trabajo. Comenzó con pequeñas caricias en los labios vaginales, para acabar jugando con la lengua en mi clítoris. Así durante varios minutos, los suficientes para acabar corriéndome en su boca. En ese momento, le agarré de los hombros, le subí hacia mí y le besé apasionadamente. Tenía sus labios humedecidos con mis flujos y no me importó. Una sensación con la que él se excitó aún más. Su erección ya estaba al máximo y después de acariciarle unos minutos me penetró.

No hicieron falta más de diez empujones fuertes para que él prácticamente perdiera el control. Salió de mí instantes antes de correrse y no dudé ni un segundo en ofrecerle mi boca para que culminara la acción.


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