sábado 14.12.2019

Prostituta por un día

No sé qué demonios hago aquí. No dejaba de repetirme esa pregunta mientras me pintaba los labios frente al espejo del ascensor. Miraba a mi amiga Miriam y envidiaba su tranquilidad ante una situación como ésta. Estaba tan convencida de venir con ella a esta cita desde que ayer me ofreciera esta oportunidad. Sin embargo, fue cerrar la puerta del portal cuando empezó a temblar todo mi cuerpo. Ella está acostumbrada a cosas así, es su profesión, por algo es prostituta. Miriam me contó que tenía un cliente, muy rico, que lo que más le pone es el voyeurismo, es decir, que le miren mientras se tira a otra tía. Me pareció divertido y muy sencillo si sólo tenía que mirar y encima me llevaría 500 euros. Una trepidante experiencia sexual que me sacara por unos instantes de mi aburrida vida como secretaria. No me dio más detalles de él, ni edad ni nombre ni nada. Esperaba oír su voz en el telefonillo por si era un viejo para echar a correr, pero el muy cerdo abrió nada mas descolgar.

Las puertas del ascensor se abrieron de golpe, ya habíamos llegado. Una última mirada al espejo me bastó para convencerme de lo que iba a hacer, vestida como una verdadera perra con un corsé que me apretaba las tetas y una ceñida minifalda que dejaba muy poco a la imaginación. Miriam llamó al timbre y unos pasos se oyeron a lo lejos. Los segundos se me hicieron eternos hasta que él abrió la puerta. Mi cara debió ser todo un poema al descubrir que él era un joven muy atractivo y musculado, que en nada se me parecía a los miles de hombres que se aparecieron en mis pesadillas de anoche. Iba cubierto tan sólo con una toalla que dejaba a la vista su marcada anatomía. En ese momento lamenté ser yo la que me iba a dedicar a mirar mientras ellos follaban. "Pasad, me llamo Óscar", dijo.

Nos llevó hasta una habitación con una gran cama y las paredes llenas de grandes espejos, hasta había uno en el techo. Cogió una silla y me dijo que me sentara allí y me soltara el pelo. Él se sentó en el borde de la cama y empezó a desnudar a mi amiga rompiendo sus ropas de manera salvaje. Me ordenó que me quitase las bragas, dejándome la falda, y me acariciase suavemente las piernas y mi sexo, que estaba un poco húmedo. Se quitó la toalla dejando a la vista un enorme y lubricado pene, y metió a mi amiga entre sus piernas para que le hiciera una felación. El tío estaba buenísimo y yo me estaba poniendo a mil deseando unirme a ellos, de hecho intenté levantarme pero él me hizo un gesto para que me volviera a mi sitio como si fuera un perro.

Miriam es toda una profesional, jamás podría chupársela a un tío como lo hace ella, él estaba en éxtasis chillando como un poseído mientras me miraba de reojo. Tras un rato entre sus piernas, envió a mi amiga a despojarme de mis ropas. Miriam me quitó en un segundo la falda y el corsé dejando mis sonrosados pechos al aire mientras yo trataba de taparme. Me daba mucha vergüenza, jamás había hecho algo semejante, pero al mismo tiempo estaba muy cachonda, deseando que ese cuerpazo se levantase de la cama y viniera a por mí olvidándose de Miriam, pero eso no ocurrió. Ella me abrió las piernas y me indicó que me frotase los pechos mientras ella metía su boca en mi sexo húmedo. No podía creérmelo, jamás nadie me había hecho disfrutar tanto como ella en ese momento. Cuando abrí los ojos vi a Óscar que se estaba masturbando viéndonos a las dos. Yo gritaba de placer mientras la vergüenza iba siendo sustituida poco a poco por el gozo.

De repente, Óscar ordenó a Miriam que parase y que volviera con él a la cama. Introdujo su pene en el sexo de mi amiga y empezó a galoparla mientras ella jadeaba. Yo estaba como petrificada, pero recordé mi papel y empecé a masturbarme y a chillar de placer ante semejante espectáculo. Estaba deseando que me invitasen a participar en un trío y convertirme en una prostituta como mi amiga para tener su pene introducido en mi cuerpo. Adiós a la vieja vida aburrida de la oficina y descubrir una vida llena de placer, sexo y lujuria. El cuerpo de Óscar no dejaba de bombear, de subir y de bajar, mientras mi amiga a cuatro patas resistía cada embestida con un chillido. Bufff... Y yo aquí tocándome sola mientras ellos estaban disfrutando tanto.

De repente, él me guiñó un ojo y me indicó con sus dedos que me acercase. Me tomó de una mano y me puso su miembro en la otra, empecé a acariciar su esculpido y duro cuerpo y ese trasero que me volvía loca. Él se tumbó y me dijo que me pusiera arriba y que no parase de botar hasta que se corriera dentro de mí. Y yo obedecí como una sumisa. Ahora era mi amiga la que estaba castigada viéndonos mientras follábamos como bestias. Estaba como poseída brincando sobre su cuerpo, subiendo y bajando 200 veces hasta que los dos llegamos al orgasmo. Caí rendida en la cama con mi sexo hinchado de placer mientras él se limpiaba y me dejaba los prometidos 500 euros sobre los pechos. Ahora era una verdadera prostituta, no había marcha atrás, aunque con un tío así lo habría hecho hasta gratis.


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