Viernes 19.10.2018

¿Quién no ama a Pedro Sánchez?

El huracán laudatorio desatado tras el advenimiento de un nuevo Gobierno tiene su sentido en una izquierda deseosa de que Mariano Rajoy se marchase y, además, lo del Consejo de Ministras está muy bien pero no caigamos en el exceso. Porque no deja de ser raro (cuando no un punto patético) escuchar en una tertulia radiofónica el elogio del vencedor a un destacado militante socialista que, en las sobremesas con la prensa,  calificaba de “psicópata” a Pedro Sánchez.

Ahora todo el mundo asegurará que cenó con el amado líder en el Válgame Dios (aquí la política se hace siempre en los bares, de Casa Labra al Bocaccio de los 60) pero lo cierto, amigas y amigos, es que un minuto antes de la moción de censura se tenía a Pedro Sánchez por liquidado.

Y no.

La política es una montaña rusa y conviene mantener la cabeza fría y ya les pueden ir recomendando al respecto a Albert Rivera y a Pablo Iglesias.

España se acostó de derechas (según las encuestas) y se levantó progresista (según las mismas empresas demoscópicas).

Se escribe con profusión de un Gobierno “incontestable”, repleto de talento y hasta se señala a Pedro Sánchez como nuevo adalid de la socialdemocracia europea pero lo mismo se dijo de Renzi y Martin Schulz y mira dónde se hallan ambos.

No nos emborrachemos de champán antes de tiempo y veremos aunque, sí, de un Gobierno que cantaba “el novio de la muerte” a un Ejecutivo sin estridencias patrióticas hay un trecho que el progresismo ha de saludar.

También resulta probable que el independentismo catalán, harto de tanto aventurerismo, apueste por la calma chicha y vuelva a hacer la política aburrida de toda la vida, lo cual daría paso a una normalización que Pedro Sánchez podría apuntarse como un tanto.

Así que, efectivamente, a Pedro Sánchez le pueden salir bien sus planes.

Eludamos, no obstante, toda desmesura. Poco a poco. España es un país sin medida. Lo de “Albert Rivera está muerto”, “Pablo Iglesias está muerto”, “Pedro Sánchez está muerto” se ha reiterado desde el analismo y la tertulia televisiva y cada uno de ellos ha ido resucitando periódicamente. Vale, Mariano Rajoy sí que está muerto. Pero no certifiquemos la defunción del PP ni de la derecha española porque el otro día en la Feria del Libro la fila más nutrida para obtener una firma era la del ínclito Jiménez Losantos. Ojo al dato.

Luego están los politólogos, de los que hay que fiarse lo justo ya que lo de anticipar las encuestas desde el minuto uno de la victoria pedrista (“va a subir el PSOE”) huele a chamusquina igual que olía raro el colocar a Ciudadanos al borde de la mayoría absoluta hace apenas un par de semanas. También Podemos tuvo su minuto de gloria demoscópica.

Toca la construcción del mito Pedro Sánchez y a ello se aprestan algunos cronistas entusiastas. Creo que fue Pablo Iglesias a quien escuché contar que en sus conversaciones con el actual presidente del Gobierno (antes de que fuera presidente del Gobierno) siempre chocaba con un muro de hermetismo que le impedía discernir la personalidad de Pedro Sánchez. Un colega periodista me confirmó dicho retrato. Le describía distante, alerta, cual esfinge que no quisiera otorgar confianza alguna, quizá con la coraza que usan los tímidos para defenderse.

Mas todo eso era antes. El poder y la gloria nimban al elegido. Y, además, ya hay testimonios de personas cuya mirada de halcón les permitió distinguir en un joven Pedro al mandatario que es hoy.

La pena es que yo, como hace mucho que no salgo hasta las tantas, jamás me encontrase en Válgame Dios con Pedro Sánchez. Coincidí con Fonsi Nieto y Kiko Matamoros. Pero no es lo mismo. Si Pedro Sánchez hubiera estado acodado en la barra del local que regenta Santi Carbones durante una de mis visitas, tal vez hoy yo sería ministro. ¿Se imaginan? Y hablarían de mi probado talento, desde luego. Porque acudir en auxilio del vencedor es una costumbre ibérica que no pasa de moda.