Martes 13.11.2018

Contra el turismo

 

Los turistas somos una plaga bíblica que, hasta hace poco, provocábamos una leve (pero continuada) erosión en la ciudad que se ha convertido, durante los últimos años, en pura devastación.

Tendríamos que prohibir a la gente viajar y obligarles a quedarse en casa y leerse un libro, a ver si aprenden, coño.

Me pongo rudo porque recientemente (yo también soy turista aunque querría ser viajero bajo el cielo protector de Paul Bowles) estuve en Formentor, bellísima bahía mallorquina a la que el amontonamiento de personas de toda clase, condición y tonelaje ha conducido a la vulgarización más absoluta. Me había comido (disculpen la confidencia) un estupendo tumbet y un frito mallorquín inmejorable en Celler La Parra e hicimos el zigzageante recorrido hacia la cala entre pinares asomados al mar, soñando con un baño paradisíaco, y cuando llegué me dio tal bajonazo que estuve casi una hora sentado en una piedra pensando en el fin del mundo.

Insisto: sopesemos seriamente la posibilidad de prohibir el viaje o, al menos, prohibírselo a toda persona que cuando vaya a otro país entre en un Starbucks o establecimiento similar.

Todavía recuerdo cuando vi que en pleno corazón de San Telmo (mi Buenos Aires querido) habían abierto un jodido Starbucks. En la plaza Dorrego, nada más y nada menos. Claro que tampoco hay que irse tan lejos: el mismísimo Teatro Real se ha dejado incrustar un Starbucks en una de sus entradas por la plaza de Isabel II, estropeando su hermosa fachada de modo obsceno.

La globalización era esto. A ver si no cae Casa Ciriaco y vemos caer Five Guys, franquicia de exquisitas hamburguesas que se extiende por Madrid clausurando bares donde la fritanga y el café agrio tuvieron cabida durante decenios.

Pero hablábamos del turismo. Hay ciudades impracticables a causa del turismo. Florencia en agosto es un infierno. En Roma, al menos, quedan algunos rincones (como en Venecia, si uno va fuera de temporada e ignora la plaza de San Marcos y sus inmediaciones).

Los turistas arrasamos las ciudades, expulsamos a sus habitantes legítimos con nuestras estancias en apartamentos turísticos, nos lavamos los pies en las fuentes públicas, no nos gusta la comida local y queremos que haya restaurantes donde sirvan filetes como los que nos comemos en casa.

Y ¿qué hacer?

Porque, además, el turismo (brama el biempensante) crea riqueza económica aunque, la verdad, no conocemos ningún país realmente rico cuya principal industria sea el turismo y suelen ser más ricos los que viven de su innovación y sus empresas punteras, por ejemplo, en lo tecnológico.

Queremos viajar, no tenemos ninguna duda. O sí. Me planteo si no merecerá la pena dejar de pisar territorios lejanos y quedarnos a la sombra en la casa del pueblo, comiendo melón y sacando por las noches la silla de enea a la puerta para ver pasar los gatos. Y, sin embargo, el mismo mar de todos los veranos nos llama a fundirnos en sus aguas y salir, en septiembre, renovados y con esa idea feliz de que todo es posible. ¿Te acuerdas de aquel atardecer en la isla de Patmos?