jueves 6/8/20

Vic, Zaragoza y las víctimas

El oportuno documental que rememora el vil atentado contra la casa cuartel de Vic (Barcelona) –mayo de 1991- dirigido por David Fontseca, evoca la siempre alerta reflexión sobre el legado de las víctimas. “Mientras los niños jugaban”, dice el relato sustentado en los testimonios de víctimas y testigos, mediante la elipsis del estruendo que precedió al espanto: Diez muertos –cinco de ellos, menores- y 44 heridos; tres años y medio después del atentado de Zaragoza. En esta Casa Cuartel, en diciembre de 1987, hubo también once muertos –cinco de ellos, niñas- y 88 heridos. En esta ocasión los niños no jugaban, dormían o soñaban.

Concluye Julia Otero, productora ejecutiva del reportaje, con la certeza de “qué equivocados están los que dicen que todo sigue igual. Creo que ahora estamos cerca del final”. Queda en el aire cómo será ese supuesto final.

En el documental habla Ardanza, y abre el juego a la reflexión. La primera, la de un natural encaje de los insultos que recibió cuando asistió al funeral: “Lo entendí, me pareció lógico”. Todos los políticos elogiaron la presencia del lehendakari. Años después, en cambio, otros políticos nacionalistas culpaban al PP y al PSE de los fuertes abucheos a su sucesor Ibarretxe cuando asistió al sepelio del presidente del PP en Aragón, Manuel Giménez Abad, asesinado por ETA. Dos actitudes. 

Hubo más mensajes del lehendakari Ardanza. Dijo sobre Vic, 20 años después, al evocar la tragedia. “¿Por qué? ¿Para qué?” ¿Eran necesarias estas preguntas para relatar el absurdo de la tragedia?

Xabier Etxeberria, filósofo vasco, participó el lunes en Bilbao en las jornadas de la Fundación Fernando Buesa: “Principios rectores para un modelo de fin de ETA sin impunidad”. Etxeberria se refería a la tentación habitual de líderes y políticos de preguntarse sobre la efectividad del terrorismo, lo que “conlleva una cierta comprensión de sus actitudes”, un cierto cálculo de la efectividad de la violencia, lo que no tiene cabida desde la ética, apuntó. 

Antes, el jurista Ruiz Soroa incidía en la cuestión clave planteada por las víctimas: la exigencia de que Bildu (que integra a la izquierda abertzale ilegalizada) condene toda la historia de asesinatos de ETA. Con el lenguaje frío de la ley, y tal vez para no crear falsas expectativas a las Víctimas presentes, se preguntaba ante ellas: “¿Puede el Estado de Derecho exigir la condena de la historia de ETA?”. Sí, decía, desde la filosofía, desde la ética. Pero, no…desde el Estado de Derecho. Éste “está incapacitado para enjuiciar conductas, no comportamientos.” También advirtió a las víctimas de que la suya nunca será una memoria colectiva, “será una memoria crítica”. Esperar otra cosa –señaló- sería un notable desvarío.

Con gran profundidad sobre las culpas colectivas de una gran parte de la sociedad que ha sido mera “espectadora” de la violencia terrorista, el profesor vasco Joseba Arregui llegaba a la raíz. Propuso un debate en el conjunto del nacionalismo vasco porque su proyecto “está ‘tocado’ por cada uno de los asesinatos de ETA”, y aseguró que tras los últimos resultados electorales en Euskadi, “Bildu se está tragando todo (…) y las víctimas vuelven a ser invisibles”. 

Elevándose sobre sí misma, la presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, Maite Pagazaurtundúa, clamó por nuevos bríos en el combate moral, justo cuando amaga la extenuación. “Tenemos que seguir, más que nunca hay que huir del desistimiento, hemos de aguzar el ingenio, extremar la inteligencia, para que penetren nuestros mensajes”. Vic, Zaragoza… Veinte años después en una paz difusa que puede encerrar engaños. No, no estamos igual. El año de Vic hubo 46 muertos, el de Zaragoza, 41. Hoy, una banda administra su tregua, y uno de cada cuatro vascos apoya a quienes no condenaron los crímenes de 858 personas, niños y niñas incluidos.

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