miércoles 20.11.2019

La paranoia del dictador

La actitud del presidente cubano, Raúl Castro, ante la exigencia de las naciones democráticas de respeto a los derechos humanos en la isla ha sido la de desplegar la paranoia. Porque no sólo los malos son -únicamente- los otros, es decir, "los centros de poder imperial en Estados Unidos y Europa", quienes habrían "organizado, dirigido y financiado" la supuesta campaña contra el país, sino que, además, habrían atacado la dignidad nacional. Es la opción de la derrota moral. Siempre podrá apelarse al ataque externo, donde anida la maldad.

Los hermanos Castro se atrincheran. El mandatario cubano, de 78 años, se muestra ensoberbecido. Ni va a ceder a las peticiones del opositor Guillermo Fariñas, en huelga de hambre y sed desde hace 40 días para reclamar la libertad de 26 presos políticos enfermos, ni se "doblegará" a las exigencias de Estados Unidos y Europa. Lo ha dicho en el IX Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas: "La vacilación es sinónimo de derrota. No cederemos jamás al chantaje de ningún país o conjunto de naciones por poderosas que sean". El discurso propagandístico es de enseñanza primaria.

Es síntoma de dictadores atribuir el mal absoluto al exterior, la base imprescindible para reforzar su dominación. Con todo, la maldad se ha hecho visible con el expreso desprecio a Fariñas, al igual que al fallecido Orlando Zapata. Ambos son sólo "presos comunes", es decir, delincuentes. Por otro lado, era lógico, no existen, según los Castro, presos políticos en Cuba, paraíso terrenal.

No matan, no ponen bombas, renuncian a vivir en protesta porque acusan una ausencia de libertad. Pero son "comunes". Valiente disquisición. Debieran saber que ni siquiera a los terroristas, la condición de "políticos" que algunos les atribuyen les merma un ápice de responsabilidad en sus crímenes. Véanse los nazis.

La disidencia lo ve claro. El mensaje de Castro augura que "el régimen ha decidido ya que va a dejarlo morir". Como el caso de Orlando Zapata, muerto tras 85 días de huelga de hambre.

Ante esta obstinación, la acción diplomática no puede sustituir a la exigencia de la libertad de expresión. Las palabras del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, proclive a una "presión mucho más concertada", denotan una cautela que no puede darse en otros ámbitos. Propone Insulza que "por un lado se haga un llamado humanitario" pero que se den garantías de que "esto no es un asunto contra el régimen, sino simplemente por salvar la vida de 23 personas". Bienvenida sea, como la posición española, si sirve para salvar vidas. Pero también se trata de salvar su dignidad.

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