sábado 07.12.2019

Ni municipal ni autonómica

Extraña campaña en la que, a un tiempo, unos conquistan en grupos la calle para emitir carcajadas y exorcizar la pena, otros la toman para pedir “No les votes” y castigar a los candidatos (mientras lucen en su camiseta el oxímoron “Juventud sin futuro”); y unos cuantos mayores de 65 forman sus propias cooperativas para estar preparados en el tramo final. La desconfianza de los ciudadanos se acrecienta ante los mismos pilares del Estado del Bienestar. 

Y es posible que tales señales no sean vistas por algunos estrategas, pero cuidado con la tensión para ganar al adversario, que puede volverse contra uno mismo. Las encuestas vaticinan un cambio de ciclo, al menos en el mapa autonómico y municipal, mientras los socialistas todo lo fían a la animadversión de su electorado ante un mapa más azul en la noche del 22-M, que devendría en más rojo –creen- en 2012, si la economía respira. Convencidos de que la identificación de su electorado es más compacta de la de quienes no están en la izquierda.

Hipótesis que serán cambiantes, según los resultados. ¿Y entre tanto? Rajoy ha optado por un perfil bajo para esquivar los golpes de unos adversarios que previenen de la llegada de la ultraderecha más montaraz. A tenor de los sondeos, la suya parece una apuesta eficaz, si bien tiene el riesgo del desgaste por el ala más principista del partido, irritada ante su moderación en la critica por la legalización de la izquierda abertzale. También el discurso de los recortes sociales tiene sus riesgos: Propone otra gestión de la crisis pero es dudoso que pueda devolver a medio plazo las reducciones aplicadas.

La estrategia socialista es la de “todo contra el PP”.  Y en el mercado de insultos, Jaime Mayor Oreja recibe una gran parte. Demostró su coherencia en su presencia en la concentración de víctimas –solas bajo la lluvia-, quienes acatando la sentencia del Supremo rechazaron que se abra la puerta de las instituciones a los que no han condenado uno solo de los crímenes. Una cuestión de legitimidad del terrorismo ante la que jamás cederá ETA y por la que se cierra el pase moral.

Al abismo social se suma otro democrático. Bildu ha abierto una herida de credibilidad. El Gobierno podría negar a quienes defienden la tesis de que negocia con ETA, con mensajes claros, sin vacilaciones, como el propio discurso del Pacto Antiterrorista. Y exponer con claridad su proyecto de pacificación. Si hablara claro, no germinarían las desconfianzas que estigmatiza como “paranoias”.  Pero no.   


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