lunes 17.02.2020

Hacia la plena precariedad

El Gobierno en funciones, inmerso en su precampaña para las elecciones del 26 de junio, celebró este jueves a todo trapo los datos del paro registrado del mes de mayo, cifras que presentó como garantía de la recuperación que predica y de la solvencia de su política económica.

Quienes se conformen con el trazo grueso pueden estar satisfechos con esos números: por primera vez en seis años el número de inscritos en las listas del antiguo INEM cayó por debajo de los cuatro millones y el de afiliados a la Seguridad Social subió en 198.000.

Esos resultados serían motivo de regocijo en un mercado laboral sano, digamos como el danés, ahora que está de moda compararnos con Dinamarca. Pero esto es el sur de Europa. Y aquí, como en ‘La guerra de las galaxias’, las fuerzas que condicionan nuestro destino tienen un lado oscuro. Por eso conviene no obviar la prevalencia de algunos defectos del mercado laboral que ilustran mejor que los grandes titulares cómo es el modelo subyacente bajo la presunta recuperación del empleo.

El factor más característico es la disparatada tasa de temporalidad, que confirma que el empleo estable y de calidad está en retroceso. Sólo 145.000 de los contratos suscritos en mayo son indefinidos (el 8,3%), frente a más de un millón y medio que son temporales (casi el 92%).

La temporalidad instala a los trabajadores en la incertidumbre, lastra a los jóvenes que sueñan con independizarse o que aspiran a formar familias y trunca proyectos vitales iniciados hace ya tiempo por millones de familias a las que la crisis ha empobrecido. Este factor enlaza, además, con otro de los grandes defectos del empleo en España: su creciente carácter estacional. La inmensa mayoría de los puestos creados en el último mes corresponden al sector servicios y son fruto del comienzo de la campaña turística. Durarán, por tanto, el tiempo que aguanten los extranjeros en las playas y terrazas de nuestras costas.

"Temporalidad, estacionalidad y parcialidad de los contratos conforman el cóctel que ha empobrecido e instalado en la incertidumbre a millones de trabajadores"

Conviene matizar que la responsabilidad de ese exceso de temporalidad no es exclusiva de los empresarios. El actual modelo productivo fomenta una economía de servicios donde cada vez ganan más peso sectores como la hostelería, cuya actividad es muy estacional. Está en manos del próximo Gobierno promover una apuesta decidida por la industria, sector que hoy vive horas bajas pero que es más propenso que los servicios a acometer proyectos a largo plazo y, por tanto, a dar más estabilidad a sus empleados, pese a las reformas laborales del PSOE en 2010 y del PP en 2012, que abarataron considerablemente el despido.

Otro grave problema es que un porcentaje sustancial de los nuevos contratos son a tiempo parcial. Y ahí tal vez resida la mayor fuente de injusticias y de abusos. Nada tiene de malo el empleo a tiempo parcial si ambas partes cumplen las condiciones firmadas. Lo malo es que hay patronos sin escrúpulos que se aprovechan de la necesidad de quienes más sufren la crisis para encubrir bajo contratos por horas o de media jornada empleo precario, con horarios interminables y sueldos que no dan para vivir. “Y si no te interesa, vete, que hay otros muchos dispuestos a hacerlo”, dicen quienes imponen esa fórmula a sus trabajadores. Por doloroso que sea admitirlo, esta realidad está al orden del día y no escapa al conocimiento del Ministerio de Empleo, que haría bien en dotar a la Inspección de Trabajo de más medios para combatirla.

En definitiva, temporalidad, estacionalidad y parcialidad de los contratos conforman el cóctel siniestro que ha empobrecido e instalado en la incertidumbre a millones de trabajadores españoles, en cuyos hogares la recuperación no es más que un espejismo lejano. Atajar esos tres defectos será el principal reto del próximo Gobierno. De lo contrario, el mercado laboral español, que antaño aspiró al pleno empleo, podría ir camino de la plena precariedad.

Hacia la plena precariedad
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