Martes 17.07.2018

Si yo fuera mujer, no iría a Sanfermines

Escribe un columnista lo siguiente: "Antes de extremarse la tutela al ciudadano, bien podría convenirse que San Fermín representa un estado de excepción. La evidencia festiva, evasiva y etílica no implica que deba suspenderse el código penal ni que deba condescenderse con el machismo, pero obliga a la suspensión del código moral".

No entiendo la frase. Pero menos entiendo que un diario progresista que dirige una mujer considere que hay un estado de excepción moral en los Sanfermines. 74 mujeres han sido víctimas de delitos sexuales en Sanfermines en los últimos años. Pamplona está a la cabeza en sus fiestas patronales de  víctimas sexuales.

No hace falta reclamar un estado de excepción moral en Pamplona. Existe desde hace años. La fiesta pamplonica ya no es la narrada por Hemingway. Si el escritor norteamericano hubiera escrito hoy Fiesta su protagonista habría sido una mujer penetrada por cinco sujetos en un portal de Pamplona. Pero entonces el espectáculo eran los toros, no las mujeres.

Defender la suspensión moral en Pamplona tras el escarnio de la sentencia de la Manada, donde se narra una violación y se condena un abuso, es para ser enmarcado en los manuales del periodismo. Escribir que "el moralismo progre agita el escándalo de San Fermin", como se titula tal opinión, desnuda intelectualmente al autor y a la manada que comparte parecidas consignas.

¿Qué escándalo de San Fermín agita el progresismo? ¿La fiesta del toro, donde un animal es maltratado en honor de un arte que sólo algunos ven? No. El escándalo aludido es que una mujer, y van 74, sufrió relaciones sexuales no consentidas en Pamplona. Lo dice un tribunal y era la voluntad de los condenados: queremos violar con rohypnol en Pamplona.

¿Qué seres anuncian que desean violar sin ser delincuentes siquiera en grado de tentativa? Podrán ser invalidadas las pruebas de Pozoblanco de su primera hazaña sexual, pero son los mismos autores, es su modus operandi, aunque la justicia no pueda condenarlos por ese bendito formalismo.

No hay estado de excepción moral posible. Ni el alcohol ni la fiesta justifican tocar culos y pechos de mujeres sin su consentimiento, y menos penetrarlas anal o vaginalmente en solitario o en banda armada. El código penal no es la frontera del respeto sexual a una mujer, como sostiene el autor. La línea roja está mucho antes. Al menos desde el Neanderthal para acá.

El lema hoy es no es no. Me parece poco. No sé si culpa de mis padres o de Mozart en mis tiempos era más complejo: si ella no dice sí, es no.

Por ello, llegado a este estado de excepción, si yo fuera mujer, no iría a Pamplona en Sanfermines. Boicot absoluto a la fiesta del machismo. Que se toquen culos y pechos entre machos. Que Sanfermín derive en fiesta del orgullo entre machos vestidos de blanco y pañuelo rojo. 

Sé que las mujeres reivindicarán su legítimo derecho a participar en esa fiesta como seres iguales. Pero si quieren estar... la única opción es que acudan en masa, que un millón de mujeres tomen Pamplona y las manadas se escondan en oscuros portales para ocultar su condición de acosadores, tocones o violadores.

Cuando el Ayuntamiento de Pamplona vea que es un mal negocio resolver 74 denuncias de delito sexual en lugar de prevenirlas estas fiestas volverán a ser un destino apetecible para las mujeres. Si hosteleros y machos ven arruinadas sus expectativas entenderán que respetar a las mujeres es más rentable que la barbarie.

Hay esperanza. Tengo amigos que interrumpen una charla para admirar la belleza de una mujer que pasa a su lado, hasta ahí llega su instinto atávico, pero viajan a Pamplona con una camiseta rotulada no es no. Y hacen similar balance cada mes de julio: "este año, tampoco hemos follado". Qué admirable fracaso masculino. Saben que una relación sexual es cosa de dos. 

Si yo fuera mujer, no iría a Sanfermines