domingo 05.04.2020

El mundo sigue

Se van asentando lugares comunes, frases hechas, sentencias rotundas, majaderías campanudas sin evidencias que las respalden.

Una de ellas especialmente sangrante es que nuestros hijos por primera vez en la historia van a vivir peor que sus padres. Terrorífico, parece, que me quede como estoy; del 'viva el progreso' con el que arrancó el siglo XX al actual 'viva el retroceso'.

El primer argumento en contra es que no ha dado tiempo a confirmar sentencia tan rotunda, las predicciones catastrofistas, siempre las demográficas y las de largo plazo nunca se cumplen o nadie queda esperando a contrastarlas. El segundo argumento es que la frase revela un pesimismo infundado.

¿A qué se refiere? ¿Renta per cápita? ¿Mercado de trabajo? ¿Relaciones personales? ¿Van a querer menos a su pareja o a su mascota? ¿Se reirán menos que nosotros? ¿Dormirán peor?

Imaginemos que en veinte años los combustibles fósiles hayan dado paso a la electricidad generada con fuentes renovables para mover la economía y el transporte, todas las revoluciones -defiende alguno- contienen un cambio de modelo energético; otro escenario. En este sentido, las predicciones de hoy son pre-revolucionarias.

En los años sesenta del siglo XX había en España 170.000 estudiantes universitarios y ahora millón y medio, el nivel educativo se ha disparado, lo que si no tiene consecuencias laborales automáticas -alguna tiene, y sigue siendo ascensor social- sí aporta en cualquier caso más herramientas en sus cabezas para adaptarse a lo que venga.

Si nos referimos a la precariedad laboral, no conozco generación que tuviera el trabajo resuelto en la veintena. Dicen otros estudios que la mitad de los empleos futuros no se pueden estudiar hoy en la Universidad, porque aún no existen.

Hay que reconocer la precariedad actual en trabajos y salarios, fruto de un deterioro acelerado en los últimos ocho años, pero nadie nos dice que en los próximos ocho se puedan recuperar derechos y condiciones.

No cabe duda además de que el capitalismo, en su proceso de reinvención permanente desde el siglo XIX al XXI, desde la producción al márketin (de la cosa a la emoción y ahora a la experiencia), encontrará nuevas vías de desarrollo, un capitalismo probablemente más civilizado por pura supervivencia, por interés, para evitar que la desigualdad lo dinamite.

En caso contrario, los hijos de nuestros hijos vivirán aún peor que sus padres, con lo que el pésimo futuro cercano sería mejor que el lejano, es decir, mal menor, que nuestros hijos vivirán mejor que nuestros nietos.

Se dice que la contemplación de nuestros hijos viviendo peor que nosotros será o ya es fuente de votos antisistema o hacia partidos emergentes, la realidad demoscópica indica lo contrario, menor intención de voto hacia las nuevas formaciones políticas según se sube en edad; y los partidos antisistema ya han pasado de rodear el Congreso a sentarse en él, como el movimiento punk pasó de desafiar a la monarquía británica a la planta quinta de El Corte Inglés.

No tenemos ni idea de cómo le va a ir a nuestros hijos, quizá dependa en parte de lo que hagamos nosotros, parte también de lo que hagan ellos y otra parte de las circunstancias que se nos escapan o sobre las que no podemos influir.

En cualquier caso, en la generación del baby boom donde me incluyo eran frecuentes las familias numerosas; la que nos sigue son uno o dos hermanos, que heredarán el jugoso patrimonio económico y material que todos nosotros hemos acumulado tras una vida entre sábanas de seda.

Hay que confiar en que no reciban también las dosis de pesimismo, muchas veces poco más que miedo al futuro.

A cierta edad, normalmente demasiado tarde, uno descubre que no es mejor que sus padres; ni que sus hijos, cabría añadir hoy, tampoco en lo material, porque el futuro está hecho de esa materia oscura que ni los astrónomos son capaces de definir por desconocida.

La oscuridad del espacio profundo lo aporta la lejanía, la ignorancia, temores.

El mundo sigue
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