viernes 13.12.2019

La sombra de Adolfo

La instalación de una figura en el Olimpo se suele consagrar el día de su fallecimiento. Es el caso de Adolfo Suárez. Ahora todo el mundo le considera el político providencial, el símbolo del consenso y un Hombre de Estado. Y le condecoran unos y otros a título póstumo.

Cuando la Transición, y después, no fue así. A Suárez le echaron de la política, por diversos motivos, los suyos de la entonces Unión de Centro Democrático (UCD) que él fundó. Además, en el ámbito militar bastantes se le revolvieron pronto con resistencias o asonadas sin éxito para después, con el fracasado golpe del 23-F en 1981 protagonizado por Tejero y varios Generales, intentar oponerse a un posible relevo democrático socialista que las urnas acabarían consagrando de todos modos un poco más tarde, el 28-10-1982, a pesar de otra conspiración golpista desbaratada que pretendía intervenir el mismo día de las elecciones generales.

Ya sin su UCD, cuya mayoría se fue, reveladoramente, a la conservadora Alianza Popular de Fraga, rebautizada luego Partido Popular, Suárez intentó sobrevivir políticamente con un centrista Centro Democrático y Social (CDS) pero esta vez el electorado también le dejo sólo. Quizás le aplaudían, pero ya no le votaban. Había pasado su momento. ¡Pero, cuantas cosas hizo entre 1976 y 1981! Contó también, eso sí, con la valiosa ayuda de la oposición de entonces: PSOE, PC, CiU o PNV, y políticos responsables como Felipe González, Santiago Carrillo, Jordi Pujol y Manuel Fraga, por citar a unos pocos.

Los Hombres de Estado surgen cuando hay problemas de Estado. En otras circunstancias tenemos hombres políticos que pueden saber resolver los problemas planteados con mayor o menor altura de miras. Churchill fue Hombre de Estado al encarnar la resistencia del Reino Unido frente a Hitler en la Segunda Guerra Mundial. De Gaulle al encarnar la supervivencia, aunque fuera en el exilio, de la Francia derrotada por ese mismo Hitler.

También lo han sido Mitterrand y Felipe González que tuvieron ante sí un problema de Estado que resolver: la vuelta a la gobernabilidad de una Izquierda que no había tocado poder en mucho tiempo y que asustaba a cierta parte de la población debidamente azuzada por quienes se complacen en agitar ciertos espantapájaros. Ello requería un aterrizaje delicado. Lo consiguieron: el aterrizaje y aplicar sus políticas.

Suárez se ha reafirmado ahora en el rol del Hombre de Estado que pilotó la redemocratización de España protagonizada por casi todos los españoles (no todos, para qué engañarnos) incluido el Rey Juan Carlos quien desde el vértice impulso la recuperación democrática haciéndose con ello "Rey de Estado". En el fondo, en aquella época los españoles fueron "Españoles de Estado" con sus iniciativas, sus sufrimientos y su apoyo a la Nueva España Democrática

Los hombres de Estado son también ejemplo para las generaciones posteriores. Mucho habrán de meditar los políticos y los españoles de ahora. No sólo los políticos, porque somos todos responsables en una u otra medida del rumbo de nuestro país. Los políticos salen de la Sociedad y, guste o no guste, son representativos de la misma. Deben, pues, los políticos y la Sociedad tomar ejemplo de lo que significa ahora Adolfo Suárez para sacar adelante este país, y la lección magistral se resume en algo que escasea hoy en día: CONSENSO. Y mejor antes que después de las próximas elecciones generales en las que probablemente los españoles distribuirán mucho más repartidamente las cartas de la baraja electoral. En otros países en Europa hay numerosos ejemplos de gobernación nacional compartida o consensuada. Ya se notará en estas próximas elecciones europeas como nuestro electorado indicará esa dirección si votan como predicen los sondeos.

No se trata, tampoco, de divinizar excesivamente a Suárez porque, sin perjuicio de su herencia simbolizada en el consenso, su labor tuvo luces y sombras. Fue mejor como desmontador de la dictadura y como ingeniero de la institucionalización de la democracia recuperada que como jefe de un gobierno sustentado por un partido. Fue magnifico buscando y logrando consensos pero menos sintonizando con el electorado como jefe de partido. Es normal. Nadie es perfecto. Eso hace más humano a Suárez. Como su desgraciada y larga enfermedad.

Entretanto, alegra ver como este país generalmente desagradecido rinde homenaje a Adolfo Suárez, Duque de Suárez.

Carlos Miranda es embajador de España.

La sombra de Adolfo
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