viernes 06.12.2019

Suárez y yo

No falla. Cada vez que muere algún personaje ilustre, da igual de quién se trate, acuden como moscas a la miel toda una cohorte de inútiles para aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid y “hablar de su libro”. Mediocres que establecen ignotas coincidencias con el personaje; “íntimas vivencias” nunca antes conocidas; las más remotas y delirantes similitudes con el fallecido, de las que jamás se halló indicio alguno, ni evidencia. Todo vale: el muerto al hoyo y el vivo al chollo. Van de luto para aparentar que sienten algo por el óbito, pero su única oscuridad es la mental y su única pérdida a lamentar, la de la vergüenza.

“Van de luto para aparentar que sienten algo por el óbito, pero su única oscuridad es la mental y su única pérdida a lamentar, la de la vergüenza”

Pasó con Mandela el pasado mes de diciembre y acaba de pasar con Suárez este marzo. Al fallecido Nelson Mandela, líder anti apartheid en Sudáfrica, fueron a rendirle tributo Teodoro Obiang Nguema, presidente sátrapa de Guinea Ecuatorial; Robert Mugabe, presidente dictatorial y militar de la República de Zimbabue; Lin Yuanchao, vicepresidente de la República Popular China, el presidente cubano Raúl Castro y otros mandatarios no precisamente reconocidos por defender los derechos humanos, sino por aplastarlos.

Ahora, el desfile de políticos de garrafón ante el féretro de un político de casta como lo fue Adolfo Suárez ha sido inaugurado por Artur Mas. El presidente de la Generalitat ha vuelto a dar muestras de una paranoica estulticia arrimando el ascua a su sardana, perdón, sardina, al decir que Suárez nunca habría vuelto la espalda a la evidencia del clamor del pueblo catalán por su derecho a la independencia, “etcétera, etcétera, etcétera…”, que ya conocen ustedes la verborrea. Un desatino más (o de Mas, que suma y sigue) lamentado y reconvenido por Miquel Roca, poco sospechoso de no ser nacionalista.

Ahora, el desfile de políticos de garrafón ante el féretro de un político de casta como lo fue Adolfo Suárez ha sido inaugurado por Artur Mas

Mas se ha convertido así, en estos días, en el muñeco del pim-pam-pum predilecto de los que están ya hartos de su “barrila”. Pero hay que reconocer que, al menos, Mas ha hablado de “su libro” con el descaro habitual y sin tapujos. No como otros.

La lista de esos “otros” es larga y no voy aquí a relacionarla. Y tampoco quiero que se confunda a quienes criticaron y dieron la espalda a Suárez cuando éste dimitió (por cierto, el único que lo ha hecho en casi cuatro décadas de democracia) con quienes fueron feroces en sus críticas hacia él y, con el tiempo, mucho antes de su fallecimiento en cualquier caso, han reconocido sus méritos y la dimensión histórica de su figura, como Felipe González y Alfonso Guerra.

José María Aznar es, a mi juicio, quien ha batido todos los récords de oportunismo a la hora de “vampirizar” a Adolfo Suárez. El ex presidente “popular” (por ser del PP, no por el adjetivo) del Gobierno ha escrito en el diario EL PAÍS: “Conocí a Adolfo y fui su amigo. Traté de seguir su ejemplo; soy, como todos lo somos, deudor de su obra política, y me hice voluntariamente —como tantos— legatario suyo, una de las mejores decisiones de mi vida política y una de las mejores decisiones que puede tomar cualquiera que desee hacer política responsablemente en España. Creo que las cosas que he podido hacer bien deben mucho a lo que aprendí de él: integrar, sumar, acoger, abrir en la política espacios al consenso y al encuentro. He creído siempre en un proyecto de integración ideológica y personal, que, a mi juicio, y bajo esa inspiración bien puede reclamarse heredero de lo que Adolfo Suárez quiso para España”.

Tampoco quiero que se confunda a quienes criticaron y dieron la espalda a Suárez con quienes fueron feroces en sus críticas hacia él y, con el tiempo, han reconocido sus méritos

¡Toma ya! Aznar se auto proclama “amigo”, “legatario” y nada menos que “heredero” de Suárez, aprovechando su muerte para contarnos a todos lo encantado que está de haberse conocido (“una de las mejores decisiones de mi vida…”), creyendo una vez más que el mundo gira en torno a su ombligo. Precisamente Aznar, el político más antagónico a Suárez de todos los que han pasado por la presidencia del Gobierno. No hay más que leer el libro “Los presidentes españoles”, en el que el profesor de Política de Empresa, Liderazgo y Comportamiento Organizativo en INSEAD (Fontainebleau, Francia) y las universidades de Harvard (Estados Unidos) y Cambridge (Inglaterra), José Luis Álvarez, desgrana las claves y principales características de los diferentes estilos de liderazgo de todos los inquilinos de La Moncloa desde la transición democrática hasta nuestros días. Un libro muy oportunamente sacado a la luz estos días por Editorial LID, cuya lectura recomiendo porque revela muchas cosas.

¿Y yo? ¿Qué puedo decir de mi “intensa” relación con Adolfo Suárez? Porque, puestos a sacar pecho, también hay periodistas que estos días se prodigan por los platós televisivos y los estudios de las radios “desvelando” su amistad y hasta su “complicidad” con el primer presidente democrático de España tras la dictadura franquista. El mismo al que han ignorado durante los últimos once años de su enfermedad.

José María Aznar ha batido todos los récords de oportunismo a la hora de “vampirizar” a Adolfo Suárez

¡Ah, sí! Hubo una vez, siendo mis hijos pequeños, en que me encontré con Suárez por la calle, paseando por las inmediaciones de la catedral de Ávila en una noche de agosto. Fue cerca de su casa familiar, esa que después perdió tras haberla hipotecado para obtener un crédito con el que pagar el tratamiento de cáncer de su esposa. La misma casa que Banesto le quitó para cobrarse este préstamo. El mismo Banesto cuyo propietario, Emilio Botín, habrá lamentado muy profundamente hoy su muerte, como no podía ser menos.

Suárez y yo
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