miércoles 20/10/21

A toda máquina

Los profetas de la izquierda y el nacionalismo ultramontano se afanan en recordarnos las bondades y excelencias de la II República, aferrados a una efervescente nostalgia que les lleva a revestir el muñeco de la Historia como mejor se les antoja. Pero no sienten tanto entusiasmo a la hora de recordar a la gente, que también hubo una I República, cuya duración fue brevísima porque resultó un estrepitoso fracaso que, en sus 23 meses de corta duración, a punto estuvo de provocar el desmembramiento total de España.

Hagamos, pues, memoria. Corría el año 1873. Tras tres meses en el cargo, harto de situaciones kafkianas en el Parlamento, el primer presidente de aquella República fallida, el catalán Estanislao Figueras, gritaba en un Consejo de Ministros su célebre frase: “Señores, no aguanto más. Seré franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!”. Poco después y sin previo aviso, tomó el primer tren que salió desde Atocha rumbo a Francia. 

Le sucedió en la presidencia otro catalán, Pi i Margall, que no tuvo más brillante idea que perseguir el proyecto de una Constitución Federal. Había que reconocer la singularidad del más recóndito valle de España y conceder lo que ahora algunos catedráticos de la engañifa semántica denominan el “derecho a decidir”. Y claro, se armó la marimorena.

Cataluña, Jaén, Granada, Cádiz o Málaga se proclamaron independientes. Igualmente Alcoy, Andújar, Torrevieja o la pequeña localidad toledana de Camuñas, cuyos mil y pico vecinos de entonces seguro que soñaron siempre con ser nación. En el colmo de lo grotesco, Granada declaró la guerra a Jaén, mientras el pueblo de Jumilla amenazaba a otras “naciones” murcianas.

También Cartagena se acantonó. Y un agricultor, el célebre “Antoñete”, decidió que lo suyo ya no era la huerta y ordenó el asalto de las fragatas leales al gobierno ancladas en el puerto. El abordaje fue al grito de “¡a toa máquina!” y debía culminar enarbolándose una bandera roja en el castillo local para indicar que la ciudad era libre al fin. En un desconcertante giro de los acontecimientos, los independentistas izaron la bandera de Turquía porque no tenían a mano otra totalmente roja. El presidente Pi y Margall abandonó el cargo a los 37 días ante tal galimatías.

Casi siglo y medio después, la borrachera independentista reverdece, bien es cierto que con otros matices, con una sociedad más madura y un Estado más sólido. Lo que no cambia son las ganas del nacionalismo y la nueva izquierda radical `tercerepublicana´ por hacer el ridículo.

Vivimos tiempos en los que los batasunos de Bildu, los que aún no han condenado a ETA, remiten cartas a la Embajada de Estados Unidos en España felicitando a Trump por su victoria y, eso sí, olvidando a los vascos que se exiliaron allí por el terror de ETA, mientras su líder Otegi no pudo viajar a Cuba a despedir al dictador Castro, su referente “ético y político”, porque Estados Unidos mantiene la prohibición de que sobrevuele su espacio aéreo por pertenecer a Batasuna.

Por el sur, los líderes del Sindicato Andaluz de Trabajadores, el del alcalde de Marinaleda y el diputado de Podemos Diego Cañamero, siguen apostando por la independencia de Andalucía, jaleados por sus correlegionarios 'podemitas', los del 'Bódalo Free'. Por el este, los socios del PSOE de Baleares, los independentistas de Més, gritan 'Mallorca libre' vía referéndum, mientras miembros de Compromís en Valencia, socios de Podemos, se manifiestan a favor del independentismo y colocan la bandera nacionalista, la catalana, hasta en el Parlamento Europeo.

Eso sí, nada comparable a lo de Cataluña, donde lo que queda de Convergencia, es decir la antigua derecha burguesa, se ha aliado con los antisistema 'cuperos' de la izquierda más radical para deleitarnos con la batasunización de la sociedad. Decía esta semana Francesc Homs, portavoz en el Congreso, que en 2017 volverán a poner las mismas urnas que colocaron en 2014, y que no sirvieron para nada. Urnas que el Tribunal Constitucional acaba de de declarar ilegales. Dice Homs que las pondrán aunque haya quien les envíe “matones” para retirarlas.

La miopía de Homs es evidente a la hora de lanzar hipérboles: a los matones ya los tiene a su lado. Son los de las CUP, los que sujetan al Gobierno de Puigdemont. Los matones son los que queman o guillotinan las fotos del Jefe del Estado. Son los que por las noches se ponían en las barricadas para atacar a la Policía en el barrio de Gràcia y por la mañana se volvían concejales de Barcelona. Son los radicales separatistas que esta misma semana agredieron a jóvenes de Societat Civil Catalana al grito de “terra lliure”, el mismo nombre que recibió la banda terrorista catalana que intentó emular a ETA. Porque en la Cataluña libre y nacionalista todo es buen rollito hasta que alguien expresa sus ideas en público y éstas no coinciden con el independentismo. Ésa es la batasunización de la sociedad.

En las Repúblicas que hubo en España, la tensión nacionalista siempre fue un gravísimo foco de conflictos y algaradas. Pero la España actual no cometerá el mismo error. Hoy nadie duda de que los últimos 40 años de nuestra Historia, gracias a esa Constitución que los de Podemos tanto denostan, han sido los más prósperos y con mayor Libertad de España. Tenemos un Estado fuerte, con españoles deseando vivir en armonía y unidad. Y un Gobierno sólido que nunca aceptará nada que vaya contra la Ley o la soberanía nacional.  Diálogo con todos sí, pero no para que haya quienes quieran impedir la igualdad de todos los españoles. Porque los “Antoñete” del siglo XXI no deben conducirnos a otro desastre. Su tiempo ya pasó. Aunque ellos aún no lo sepan.

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