Domingo 22.07.2018

Un pirómano para apagar el fuego

El gobierno de la Generalitat de Cataluña, que no de Cataluña, está a punto de caer en manos de un racista furibundo. Alguien que hace de su odio y desprecio a España y a los españoles su bandera ideológica. Que hace de la descalificación de otra “raza” su argumento de autoridad. 

Alguien que habla de la “pureza” de la raza. 

Creíamos que, después de los millones de muertos causados por ideologías análogas, nadie volvería a atreverse a utilizar este tipo de argumentos para establecer sus supuestos derechos o los de un pueblo.

Ni los pueblos ni los países tienen derechos, los tienen los individuos. Solo las personas pueden ser ciudadanos. Solo las personas pueden reivindicar su personalidad, su libertad, su diferencia.

Reducir a las personas a una masa amorfa, llámesela pueblo, país, o lo que es peor, raza es muestra del desprecio hacia las personas de quien utiliza tales términos. 

Los separatistas catalanes continúan empeñados en hablar de Cataluña y de los catalanes como si todos los ciudadanos de aquella comunidad, sea cual sea su origen, estuviesen alineados bajo una misma bandera cuando la realidad ha demostrado repetidamente que no representan ni a la mitad de la población a la que pretenden dirigir. 

Sin embargo, pese a todos los errores, ridículos internacionales incluidos, cometidos por los separatistas Cataluña está perdida para España. 

El proyecto separatista lleva años regando, con el dinero de todos, personas e instituciones. Lleva años educando a la juventud en el odio y el agravio contra España. Lleva años convenciendo a la población de que, en los hospitales públicos, los enfermos tienen que pagar el agua que beben por culpa “de Madrid”, de que los trenes funcionan mal porque “Madrid” no se los regala (prescindiendo del hecho de que los que cuando los han gestionado han empeorado notablemente).

Llevan años machacando con el argumento de que “Madrid” ahoga el desarrollo de Cataluña porque hizo recortar un Estatuto que representaba la voluntad de la población, obviando el hecho de que ni la mitad de los votantes se había molestado en ir a votarlo. Lleva años utilizando descaradamente lo que llaman medios de comunicación de la Generalitat con el más abyecto método de “agitprop” que se haya visto en un país democrático.

Pero no todo el mérito es de los separatistas. El Estado ha desaparecido de Cataluña desde hace años por los intereses de los dos partidos que han ejercido el poder en España.

La necesidad de los votos nacionalistas para alcanzar el gobierno o para sacar adelante algunas leyes (y el recuerdo del fiasco del gobierno cuando intentó destapar el pufo de Banca Catalana) ha dado armas a los separatistas para ir laminando la presencia de las instituciones del Estado en Cataluña que lleva años funcionando con el convencimiento de que el Gobierno no se atrevería a hacer nada para pararles. Y razones no les han faltado para creerlo. 

Ver de dónde vienen los problemas está muy bien pero el problema es ¿y ahora qué? 

¿Tiene el gobierno un plan para evitar lo que parece mas que inevitable? ¿Tiene el gobierno un plan para recabar el apoyo internacional claro y decidido? 

Y sobre todo, ¿están los partidos constitucionalistas dispuestos a olvidar sus miras electoralistas y actuar, por una vez, unidos y lealmente? 

Me permito ser, moderadamente, pesimista...

Anna Castells

Licenciada en Derecho y periodista

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