sábado 27/11/21

Los caminos de Roma no llevan a Madrid (II)

Si usted ha tenido la paciencia de leer el artículo anterior, convendrá conmigo en que la estrategia socialista en los últimos veinte años demuestra que, en los tiempos que corren y a pesar de la avanzada tecnología con la que contamos, en el PSOE de Zapatero no disponen de navegador GPS que les conduzcan a Madrid.

No es que yo diga que Jaime Lissavetzky y Trinidad Jiménez no sean los conductores adecuados, es que el patrón de la escudería no ha controlado ningún parámetro mecánico para ganar el Gran Premio de 2011.

Y en ese circuito de carreras, a Zapatero no le tiembla la mano para pinchar las ruedas de sus pilotos aunque sepa que va a perder. Devora a sus “hijos” y Tomás Gómez es el penúltimo ejemplo.

Realmente, el de Parla, nunca fue la solución definitiva para los socialistas madrileños, ni de cara al exterior –los votantes-, ni, por supuesto, internamente. De hecho, recordemos, sus conflictos con el sector que lideraba José Cepeda. Un pacto “entre caballeros” aparcó las polémicas mediáticas. Sin embargo, esa falta de control en el partido le ha servido al exalcalde más votado de España para ganarse al peor enemigo que nadie puede tener en un partido político: José Blanco. Del actual ministro se podrá decir todo lo que se quiera, pero nunca que le falta ojo clínico. En ese sentido es un doctor de primera magnitud y, casi desde el primer momento, vio que Gómez cometía graves errores –su ausencia en los actos oficiales del aniversario del 11-M, por ejemplo- y presentaba síntomas de falta de liderazgo. El liderazgo no lo da por naturaleza un cargo oficial, ni mucho menos; lo da el carisma, “la transmisión”, la preparación y un sinfín de factores entre los que habría que incluir también la “telegenia”.

Blanco veía ese lado de Tomás Gómez muy débil, más aun al compararlo con el de Esperanza Aguirre, impermeable al desgaste y los Gürtel, al menos externamente. Los celos hechos públicos del socialista madrileño al ver los arrumacos mediáticos de su compañero ministro con una presidenta de la Comunidad de Madrid, que hasta muy poco tiempo pasó de llamarle despectivamente “Pepiño” a “Querido Ministro”, le acabaron por poner el segundo aspa de la cruz. Por si faltaba poco, las encuestas ad hoc para favorecer a los favoritos de ZP, han dejado a Gómez en un callejón sin salida y con poco margen de maniobra. Cualquier cosa que pueda hacer tendrá fatales consecuencias para él.

Si se enfrenta a Ferraz y persiste en su idea de acudir a las primarias, tiene la seguridad de que perderá, se quedará sin candidatura y su debilitado liderazgo quedará por los suelos. Su relevo estará cantado.

Si, por el contrario se pliega a la disciplina de partido y cede el paso a Jiménez y Lissavetzky, sus días también estarán contados. Habrá demostrado que no tiene ninguna fuerza.

Lo sabe y, por si fuera poco, Zapatero ya le mandó hace unos días un recadito muy claro que, en otros palabras, venía a decir… “deja ya de tocar las narices y se hará lo que yo diga”.

Tomás Gómez tiene un “papelón” de envergadura. Un presidente autonómico vecino le ha dicho estos días que un Secretario General debe saber lo que le interesa a su partido. Y es cierto, pero también lo es saber, con los antecedentes que tienen los socialistas madrileños, lo que le espera al partido.

Tomás Gómez no tiene la culpa de ser Tomás Gómez, menos todavía de tener al Secretario General que tiene al mando de su partido. El drama del PSOE en Madrid viene de muy lejos y Zapatero se ha encargado en los últimos ocho años, como ha quedado demostrado, de agigantarlo. Presentan candidatos para las campañas electorales, pero no candidatos para gobernar.

Los estrategas del PSOE deben estar a sueldo del PP, porque de otro modo no se entendería lo que está pasando con las candidaturas al Ayuntamiento y a la Comunidad.  El debate –espectáculo- que están ofreciendo desanima a los votantes del PSM porque adivinan lo que ocurrirá dos meses después de las elecciones de 2011. Si Jaime Lissavetzky pierde el duelo con Gallardón, que ocurrirá, dejará su acta de concejal como lo han hecho todos anteriores candidatos. Si Trinidad Jiménez pierde la batalla con Esperanza Aguirre, muy probable, dejará la Asamblea de Madrid. Por muy buena gestión  que haya hecho con la Gripe A, más mediática que otra cosa, a los madrileños no se les olvida su huida del Ayuntamiento en 2003, con el consentimiento de ZP, en su histórica derrota con Gallardón.

 Zapatero insiste en sus errores y es como el conductor que ignora las indicaciones del navegador GPS. Conduciendo de este modo al PSOE, llegará a Roma pero seguirá sin encontrar el camino  de Madrid. Una vez más y van tres.

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