sábado 14.12.2019

El voto cautivo

Se suele atribuir a la derecha la posesión de un voto cautivo, mejor, la exclusividad del llamado voto cautivo, que sólo existiría en ese sector de la realidad política. Y no es cierto. En el actual panorama político español, se pueden detectar al menos tres grupos de cautividades. Uno de ellos es fruto de la ignorancia. El segundo lo es del fanatismo. El tercero nace de la necesidad.

El voto cautivo que procede de la ignorancia es el que llamaríamos voto cautivo independentista. A grandes contingentes de ciudadanos catalanes y vascos se les ha hecho creer que sus patrias está sometidas y sojuzgadas por España desde hace siglos y siglos, que su cultura se ha visto a lo largo de centurias y centurias ahogada por la cultura española, y que de la independencia se les seguirán toda suerte de beneficios. En esa creencia, que hasta puede ser de buena fe -lo que es frecuente en los engañados-, están apoyando con su voto gravísimas lesiones de la igualdad y la libertad en Cataluña, y crímenes inauditos en el País Vasco. ¿Cómo es posible que gente de bien aplauda a los asesinos o a los dictadores? Convencidos de que el error en que han sido sumergidos no es error sino verdad, resultan ser un voto cautivo. No dejarán de votar a quienes en realidad son sus mayores enemigos, mientras no se les saque de aquella ignorancia introducida fraudulentamente en sus espíritus. Un voto en cautividad que por ahora no va a dejar de serlo.

El que procede del fanatismo es un voto radicado en la izquierda. Un voto contumaz, que vota a la izquierda porque es izquierda, y ya está. Sobre esa base, los gobiernos de derechas pueden llevar a cabo políticas acertadísimas, y los de izquierdas realizar barbaridades inmensas. No importa; el voto cautivo de la izquierda la va a votar siempre, pase lo que pase. Es un voto fanático. “Éstos son los míos”, dicen, y no hay más que hablar. No importa lo que se haga, lo que se vea, lo que se sufra, lo que resulte. La izquierda cuenta con un tipo de voto cautivo que no se le va a escapar. Ha nacido de años y años y años de discursos machacones que hoy carecen de todo valor: la lucha de clases, la clase obrera, los ricos que se aprovechan, los impuestos que sólo pagan los pobres, los explotadores y los explotados, los sindicatos que defienden a los trabajadores, y otros muchos cuentos parecidos. Y “¿cómo se atreve este señor a llamarlos cuentos?” Porque todo eso es agua pasada que no debiera mover molino; porque las bases económicas y sociales de la hora presente se han modificado de modo sustancial; porque la política tiene que lograr los objetivos de la igualdad y la justicia a partir de planteamientos que se dan de tortas con tales discursos trasnochados. Pero a los que son votantes cautivos no les importa ninguno de estos razonamientos: estamos hablando de fanáticos. Hoy por hoy es inútil convencer a ese sector social que no vota a la izquierda porque gobierna bien, sino aunque gobierne mal: “son los nuestros”.

El tercer voto cautivo se radica en la derecha, y es el producto de la necesidad. Del centro hacia la derecha no hay actualmente en España más que una opción política. Y, en este caso, el voto que la vota en cautividad ni está engañado ni es fanático; conoce muy bien lo que hay y sabe muy bien lo que hace. Son gentes mucho más serias y responsables que lo dos grupos citados más arriba. No les gusta, o al menos no les convence suficientemente, la acción política de los actuales dirigentes de la derecha; preferirían no tener que votarles, preferirían disponer de otra posibilidad más conforme con su pensamiento. Pero…

Ojo. A la derecha la vota con plena conformidad y agrado buena parte de su electorado; ese no es el voto cautivo. La cautividad de aquéllos a que me refiero nace, como se acaba de indicar, de que no tienen otra opción, de que no hay otra opción. O sea, votan al mal menor. Mejor una derecha acobardada, acomplejada y tímida que una izquierda envalentonada y audaz. Al menos, hará menos daño. El mar menor.

No estamos hablando ni del franquismo ni del fascismo ni de todos esos “insultos” facilones y mentirosos con los que la izquierda trata de emporcachar a la derecha. No. Los enemigos de la libertad, los intransigentes y los fascistas están hoy del lado de lo que hemos calificado como ignorancia y fanatismo. La verdadera derecha es respetuosa con la libertad y defensora de la dignidad de la persona; esa es su grandeza y ese es su honor. Pero no es menos cierto que, a base de torpezas y timideces, ha generado un sector ciudadano que la vota porque no tiene más remedio; porque si no lo hace será peor.

Tal es el voto cautivo que procede de la necesidad. Pero así como, de momento, ignorancia y fanatismo son males casi incurables, el voto que es tal porque no tiene otro remedio puede desilusionarse, puede cansarse, puede apartarse; no se le mantiene porque sí, hay que ganárselo, y se puede llegar a que se aleje. Ha podido votar porque esperaba algo y, cuando no se ven resultados, la esperanza puede iniciar el camino de la evaporación. Y, entonces, ese voto cautivo dejaría de serlo, y ¿a dónde se orientará? Más vale tenerlo en cuenta.

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