sábado 19/9/20

Configuración moral

Todo grupo humano, del tipo que sea, ha de poseer una configuración moral. O, dicho más sencillamente, ha de poseer un criterio sobre el bien y el mal. Ha de saber distinguir entre lo que puede hacerse y lo que no.

Una nota típica y específica de todas las dictaduras a lo largo de la historia, ha sido la de atribuirse a sí mismas la formulación de dicho criterio; la de señalarle a sus súbditos lo que deben hacer, lo que es justo y lo que es injusto. La característica fundamental de la democracia no es tan sólo -como tantos inocentemente creen- que haya votaciones y parlamentos; tenemos cuantos ejemplos queramos de dictaduras con parlamentos y votos; su requisito esencial es que, junto a la libre representación popular, esté también presente una libertad esencial, la de respetar los principios éticos de la sociedad en lugar de tratar de imponerle a ésta los que son propios del Gobierno de turno.

Las palabras “de turno” son importantes. Aunque las dictaduras -abiertas o disfrazadas- tienden siempre a imponerse y perdurar, jamás lo consiguen. Y la ética, la distinción entre el bien y el mal, dictada desde el Poder -a través sobre todo de la educación y de  los medios informativos- es por ello mismo temporal y coyuntural. Y más si se trata de éticas establecidas por Gobiernos en régimen democrático formal, que cada cuatro u ocho años, más o menos, cambian; entonces lo justo y lo injusto se transforman en realidades jurídicas -no morales- sin más apoyo que el transeúnte apoyo de las leyes. Y es evidente que una moral que depende del turno de Partidos no puede ser tomada en serio. Y no digamos cuando el sistema político es menos transeúnte, cuando se trata de dictaduras consolidadas, que si nunca son eternas tampoco son demasiado pasajeras; entonces el daño puede durar durante generaciones. Y haberlas hailas, incluso disfrazadas. Basta echar una mirada a nuestro alrededor.

Hasta ahora el problema ha rondado más bien a lo largo de países y países. Ahora empieza a ser un problema de todavía mayor calado, ya que diversas corporaciones internacionales, muy democráticas ellas, empiezan a arrogarse también el derecho a decidir del bien y el mal: véase la ONU, véase la Unión Europea. Ambas han iniciado recientemente la caza y eliminación de toda huella de cristianismo en la sociedad o en la cultura.

¿Por qué de cristianismo? Varias son las razones; señalo dos: una, que el Cristianismo no se defiende mediante la violencia; otra, que no es manipulable. Primero: no utiliza la violencia; prueben Vds. a asesinar musulmanes por el mero hecho de serlo; bastaron unas caricaturas de Mahoma en un periódico danés para desatar una represión internacional furibunda. En cambio, a los cristianos se les burla o asesina impunemente; su reacción es la oración y no los explosivos. Así que a aquéllos, y es un ejemplo entre muchos posibles, es mejor dejarles en paz, aunque cuelguen a los homosexuales de las farolas; pero, ay del curita católico de una pequeña parroquia en el último rincón del mundo si se excede contra la homosexualidad en el sermón dominical. Segundo: no es manipulable. En efecto, el Cristianismo tiene a sus espaldas veinte siglos de estabilidad moral. Han surgido ramas, se ha subdividido; pero, sustancialmente, todas sus variantes  poseen principios comunes esenciales sobre el origen divino de la dignidad del ser humano y las consecuencias que de ello se derivan.

Y resulta que el Occidente es cristiano. En su totalidad. Cuando hablamos de la cultura occidental utilizamos un inadvertido pero disfrazador eufemismo; es la cultura cristiana. La cual aspira a la universalidad, porque cree en un Salvador que predicó la salvación de todas las gentes. Y a los criterios morales del Cristianismo se adhiere el que quiere y no lo hace el que no quiere. Esa es la llamada libertad religiosa, la primera libertad según los principios de los grandes textos que han formulado históricamente los valores esenciales de la persona.

Tal libertad le resulta inadmisible a todas las formas actuales de dictadura, desde algunas en el Oriente hasta las que, vestidas con ropajes democráticos, tratan de despojar al Occidente de sus creencias. ¿Por qué? Porque justamente no son creencias manipulables, y representan el principal obstáculo que existe en todo el mundo frente a la manipulación de las conciencias para someterlas al dictado del Poder. Leña al mono, que es de goma. Sólo que precisamente la goma se cimbrea, pero no se rompe. Y todos los que han intentado eliminar las creencias éticas de libre aceptación -lo cual vale para el mundo entero- han ido pasando y pasando, mientras estas creencias perduran y perduran. Y lo hacen porque, esencialmente, necesitamos una configuración moral. Y quien aspira a imponérnosla no soporta que podamos no aceptar su imposición. Pero no la aceptaremos, como se verá.   

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