sábado 14.12.2019

El amor como tema teatral

Hace pocos días publiqué unas brevísimas líneas sobre el amor en el teatro. Se me había pedido que señalase tres obras teatrales que todos debiésemos conocer, y que tuviesen al amor como su centro argumental.

Me pareció una idea interesante, y como no hay que estar hablando siempre de política -tanto más cuanto que su interés actual debiera residir en sus novedades, y éstas van mucho más despacio de lo deseable, y hasta hay puntos en los que pintan bastos-, pues vamos a distraernos hoy con el amor teatral.

Yo comencé por señalar tres obras: Otelo, Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano. Dándome cuenta de que las tres eran de Shakespeare y fueron escritas en un mismo y corto período de tiempo, sustituí Romeo y Julieta por La Dama Boba, y así, con Lope, daba entrada a un español, aunque no abandonaba la época áurea en que todas ellas fueron escritas. Podía haber llamado a escena al Pigmalion de Bernard Shaw, o mejor incluso a La importancia de llamarse Ernesto de Wilde, otras dos de mis preferidas. Pero entonces, a cambio de cambiar de siglos, no hubiese cambiado de país. Así que me atengo a lo hecho: Otelo, La Dama Boba, El sueño de una noche de verano. Y dejo Romeo y Julieta, ella sola, para otro día, prometiendo dedicarle un artículo en exclusiva.

Otelo, pues. Los celos. La ceguera del amor envenenado por la sospecha. Dar muerte al ser al que se dice amar. El moro veneciano asesina a Desdémona porque da credibilidad a las mentiras del traidor, ha aceptado la calumnia, y la ha considerado adúltera. Pero los celos son aquí enmascaradores de la verdad, amargo fruto de una tristeza cuyo fundamento no es el amor sino el egoísmo. Otelo se ama en realidad a sí mismo, el enamorado ofuscado por los celos que le conducen al crimen no ama a la mujer en la que debió confiar, sino que adora su personal orgullo. Su amor se transforma en exigencia, ama en tanto se le corresponda, en tanto reciba, en tanto que alguien se le entregue, sin voluntad de entrega de sí mismo. ¿Qué amor es el que presta su argumento a Otelo? Una falsificación, una esperanza de ser feliz no dando sino recibiendo, un grito angustioso de desesperanza. Lo que no puede ser, no lo que sí es el amor. Shakespeare nos lo pone ante los ojos con toda la crudeza de una pluma despiadada. Amarse, amar. Recibir, dar. Recuerdo aquel precioso inicio del segundo terceto de un soneto anónimo y famoso: “No me tienes que dar porque te quiera”. Y cuando Otelo piensa de otro modo, y exige de otro modo, y falsea de otro modo el amor, su ceguera le conduce al crimen contra Desdémona y a su personal aniquilación. Tal vez esto es lo que quiso decirnos Shakespeare: que ese falso amor resulta radicalmente destructivo.

¿Qué quiso decirnos Lope con La Dama boba? Dos hermanas, la culta y lista Nise y la inculta y boba Finea. Una corte de admiradores rodea a la primera, un cortejo que nunca se resuelve en nada, el amor como un concurso de ingenio, como un resplandor de fuegos fatuos. ¿Qué buscan aquellos aduladores vanidosos? Lucirse y llamar la atención. No es un cerco de enamorados, sino de fantasmones. Y Nise se sabe admirada y adulada, pero no se siente amada. Su triunfo es puro artificio, y si su exceso de sabiduría no le permite seducir, el brillo postizo de sus cortejadores no permite tampoco que puedan seducirla. Finea, ignorante, es en el fondo mucho más sabia que su hermana. No desea que le escriban versos sino que la quieran, sencillamente. No busca oropel sino verdad. No le sirven las lisonjas, tan sólo desea  amar y que la amen. Sabe a quien quiere y buscará atraerle. Ella sí sabrá seducir, y conseguirá el amor. Lope de Vega, que de amores entendía un rato, para bien y para mal, nos enseña el camino en esta delicada y aparentemente simple pieza teatral: el amor no es un duelo entre poetas, sino una seducción que corre del uno al otro a través de la comunicación sencilla del espíritu.

El sueño de una noche de verano. Lo diré en plata: si cada quien puede tener un texto preferido entre todos los textos preferidos, éste es el mío. Teatralmente hablando, no he tenido suerte: nunca lo he podido ver representado a mi gusto. Habrá existido la puesta en escena perfecta, pero yo no me la he encontrado todavía. Y prefiero aún, hasta que dé con ella, el montaje que mi imaginación creó, con mil variantes que se enriquecen de vez en vez, con una constante que no se modifica nunca: la del genio del autor convirtiendo el amor en juego, en imaginación, en lo que llamé un día -todo lo cursi que se quiera- un asombroso chisporroteo de luces maravillosas. Un duende se burla de nosotros; nos engaña y nos hace confundir el amor con el sueño, amar no a las personas reales sino a las ilusiones de nuestra fantasía. Tiene que existir un momento así en todo enamoramiento, pero no podemos pedir que eso sea todo: hay que saber despertar, y comprobar que solamente en la realidad “cobra el amor toda su verdad sin por eso dejar de contener un misterio” (y perdón por citarme a mí mismo).   

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