viernes, diciembre 9, 2022

Matar el tiempo

En estos tiempos que corren, tal vez acertadamente definidos como los de las falsas prisas, el que más y el que menos aparenta, siempre y en todo momento, una actividad frenética que apenas le permite disfrutar de los pequeños placeres de la vida cotidiana, ya sea un paseo sin el agobio de tener que llegar a ninguna parte, una charla insustancial con los amigos o el dedicar las horas muertas a ver cómo cambia la luz a lo largo de una tarde.

Contemplar cómo la mayoría de los que le rodean se entregan en cuerpo y alma a esas actividades incesantes, y muchas veces carentes de cualquier fin racional, a uno le produce la sensación de que la gente se ha convertido, sin beberlo ni comerlo, al más rancio luteranismo, aquel que equiparaba el descanso y la contemplación tranquila con el germen del peor de los pecados, donde sólo se toleraban las acciones dirigidas a facilitar que antes o después se alcanzase una ventaja material claramente identificable.

En las antípodas de ese calvinismo represivo se encuentra esa otra mentalidad que es la que ha acuñado una expresión tan castellana como es la que habla de las horas muertas, o la más terrible, aunque todavía más certera, de dedicarse uno a matar el tiempo. En España son muchos los que se dedican no ya a matar el tiempo, sino a tenderle trampas para después asesinarlo, sin piedad alguna, a sangre fría, y sobre todo sin que el pulso tiemble lo más mínimo.

Pensemos en un ejemplo. La comida española por antonomasia, la tapa, es un excelente reflejo de esa actitud frente a la vida. Uno llega a cualquier sitio y pide una tapa, so pretexto de no tener tiempo para nada y de vivir sometido a un constante ajetreo que no le deja libre ni para almorzar como Dios manda. Luego, en realidad, uno se deja llevar por el ritmo de las cosas, tal vez por lo agradable del local recién descubierto, o por la coincidencia de haberse encontrado con cualquier conocido, o simplemente por la inercia habitual y pide otra tapa más, y también una tercera.y una cuarta, hasta que al fin termina por matar del todo a ese pobre tiempo que tan escaso se tenía.

Tal vez algo así sea lo que les está pasando a nuestros nuevos diputados, que seguramente andan muy atareados, corriendo de un lado a otro sin parar un momento, sin tiempo para nada, ni mucho menos para ponerse de acuerdo en cómo elegir gobierno, mejor o peor, para esta pobre y desgobernada España, hasta que, de repente, casi sin darse cuenta, se hayan cumplido todos los plazos y el tiempo, muerto para siempre, como el espectro que nadie espera en la Carrera de San Jerónimo, regrese para exigirles sus amargas cuentas.

Ignacio Vázquez Moliní

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