viernes, diciembre 2, 2022

Las víctimas del terremoto

Como si no tuviéramos bastante con todas las barbaridades que hemos conocido en este verano, vienen ahora a añadirse a ese cúmulo de desgracias unas catástrofes naturales que con su fuerza imparable añaden, con su secuela de muertes, destrucción e impotencia ante la fuerza de la naturaleza, todavía más dolor y desesperación.

Es especialmente llamativo el caso del terremoto que acaba prácticamente de destruir la pequeña localidad italiana de Matricia, cuyas funestas consecuencias se han visto además agravadas por toda una serie de actuaciones lamentables de los responsables políticos.

Han sido ellos quienes a lo largo de los últimos años han permitido construir los edificios con técnicas completamente inapropiadas para las zonas sísmicas, ignorando las que desde hace siglos se emplean en otras regiones del mundo igualmente peligrosas, como es el caso de Lisboa, con sus sencillas pero efectivas estructuras cruzadas de madera dentro de los muros de todas las construcciones levantadas después del gran terremoto de aquel aciago día de Todos los Santos de 1755.

Mucho se aprendió, en efecto, de aquel terrible sismo que sacudió no sólo las frágiles estructuras levantadas por los hombres, sino sobre todo, y con mucha más fuerza todavía, sus adormecidas conciencias.

En su conocida carta sobre el terremoto de Lisboa, Voltaire pone sobre la mesa algunos de los principios que guiarán, desde un temprano iluminismo y perviviendo hasta nuestros días, las modernas organizaciones sociales. Esos principios, sin embargo, no sólo se han olvidado sino que se han despreciado, con una cierta perversa alevosía, en el caso de los que han buscado el beneficio rápido y la ganancia fácil levantando casas de tal manera que, más tarde o temprano, entre las inevitables ruinas sus moradores encontrarían ineludiblemente la muerte.

Tal ha sido el caso, según cuentan los especialistas, de muchas de las casas de Matricia, al igual que antes ocurrió en L'Aquila, y también, en Lorca. Es lamentable pensar que si los terremotos son inevitables no así los daños que causan las construcciones al desmoronarse. Cierto es que resulta difícil, por no decir imposible, identificar a los responsables de este nuevo horror. Sin embargo, no es menos cierto que está en nuestras manos evitar que dentro de pocos años se repita una vez más, y luego otra, y así hasta el final de los tiempos.

Uno quiere recordar ahora a ese controvertido personaje, aunque magnífico escritor, que fue Curzio Malaparte. En su libro La piel describe su propia vivencia de la erupción del Vesubio de 1944, con sus terremotos subsiguientes, cuando las tropas americanas ya habían ocupado Nápoles. En un escenario de viejos y polvorientos palacios borbónicos, relata cómo el pavor hace retroceder a los napolitanos a tiempos paganos, rogando a sus señores naturales, el decrépito príncipe o el arruinado duque, para que invoque los poderes de deidades no del todo olvidadas y apaciguaran la cólera del iracundo Vulcano. Narra también cómo se desmoronan las casas más humildes aplastando familias enteras y cómo se ciegan para siempre las entradas de esas cuevas profundas donde tantos cientos de napolitanos habían creído encontrar refugio seguro frente a la cólera del viejo Vesubio.

Hoy, no sólo en Italia sino también en España, Portugal y Grecia, donde el riesgo de terremotos es más evidente, para frenar las fuerzas latentes de la naturaleza no debe implorarse, sino exigir a esos representantes políticos que entre todos hemos elegido, que adopten las medidas necesarias para que imperen la sensatez y el buen sentido a la hora de levantar las edificaciones y que esas nociones básicas prevalezcan sobre el siniestro afán especulativo y el apetito de las ganancias ilícitas.

Ignacio Vázquez Moliní

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