domingo, diciembre 4, 2022

Radiohead y yo

El Primavera Sound se fue. Barcelona ha dejado a miles de nosotros con millones de recuerdos. Por un instante nos evadimos el tiempo necesario para darnos cuenta, aunque de forma breve, de lo que significa ser humano. El agua, el montaje y la gente unida. El sol brillaba y la cerveza nos devolvía a algo mucho más placentero.

Al día siguiente llegamos al hotel dos horas antes de que nuestro taxi viniera a por nosotros para llevarnos al aeropuerto, desde donde volamos a Madrid. Absorbimos cada gota de lo que la libertad nos pudo ofrecer. De vuelta con nuestro trabajo, nuestra rutina, y finalmente, de vuelta al miedo y asco. Y quién mejor para representar este sentimiento abstracto que Radiohead. Mientras yo intento  escapar, los de Oxford afrontan las complejidades de la vida moderna, y es por ello por lo que mi relación con su música es complicada. Les escuchas y lo que oyes no es alegre. Por tanto, no es una sorpresa que, en este inexplicable mundo en el que vivimos, la gran mayoría les adore casi religiosamente. Entonces… ¿Por qué los rechazo?

Primavera-Sound

 

Íbamos por la décima canción del muy anticipado concierto en España de Radiohead, cinco de ellas de su nuevo álbum y tenía que tomar una decisión. Atrapado entre la masa de gente a unos 50 metros al sureste del escenario, mi vejiga me planteaba un dilema. Si me iba en ese momento, posiblemente no hubiera vuelta atrás. La única alternativa posible era aliviarme ahí mismo, algo que había logrado evitar desde mi más tierna infancia. Mis amigos y colegas festivaleros se sorprendieron al verme salir de allí. Un desconocido me ofreció amablemente un vaso de plástico mientras apartaba amablemente a la gente en mi camino a través de un mar de personas hacia los urinarios portátiles a unos 200 metros de la acción.

Más tarde me di cuenta de que había hecho algo parecido hace ya más de 16 años. En aquella ocasión no me alejaba de una multitud en un festival si no de mi país, mi familia y mis amigos. He tenido suerte y nunca he echado la vista atrás. Todo lo que deje allí ha seguido adelante sin mí y yo mismo me he transformado acorde con mi nuevo entorno.

Como adolescente en una Inglaterra rural, recuerdo comprar el primer álbum de Radiohead, ’Pablo Honey´, por 6 libras en una tienda de discos de segunda mano. ‘Creep’ hizo que la banda apareciera en MTV y en la radio, pero el LP salió lo suficientemente mal como para acabar en la susodicha tienda. Más tarde, en la universidad, el segundo álbum de Radiohead, ‘The Bends’, se convirtió  en la banda sonora de mis tardes de té y canutos. ‘Ok Computer’ salió a la venta y poco a poco se introdujo en esos mismos momentos de indiferencia y tranquilidad. Ese periodo de 5 años de mi vida, la transición de chico dependiente a joven adulto independiente, estaba muy marcado por tanta música, e igual que nosotros, Radiohead también estaba cambiando. Habían sido capaces de capturar la oscuridad subyacente, el horror y el desinterés que la Inglaterra post Thatcher intentaba reprimir. El Partido Laborista ya no era socialista, los portavoces y los magnates de los medios tenían el poder en Londres. Para mí, Radiohead nos lanzaba una cuestión clave: «¿Hemos dejado de preocuparnos?»

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*Radiohead durante su concierto en el Heineken Music Hall en Amsterdam | Eric Pamies

Poco después de terminar la carrera, mi decisión de abandonar Inglaterra no resulto muy dura. Había conocido a alguien con quien realmente conectaba y un país donde me sentía mucho más a gusto. Aparte de eso, me mude a una ciudad donde te daban comida gratis con cada cerveza. También marcó el momento en el que Radiohead y yo dejamos de estar conectados. Su música no encajaba con la nueva vida en la que me embarcaba. Intenté mantener el interés. Escuche todos y cada uno de sus nuevos singles y álbumes, pero no me sentía identificado de la misma manera que antes.

Mientras sonaba ‘Karma Police’, una chica me pasaba jabón para limpiarme las manos. Miré hacia las enormes pantallas, a los camiones de comida rápida, a los grupos de amigos disfrutando juntos. Me acerqué de nuevo. Un hombre escocés con tatuajes parecía tener ganas de pegar a alguien, pero sabía que en aquel lugar no había cabida para la violencia. Su novia estaba tumbada en el suelo en estado de éxtasis.

El grupo abandonó el escenario por segunda vez y volvió a aparecer. Un fan comatoso luchaba contra su borrachera, manteniéndose despierto a duras penas. Las primeras notas de ‘Creep’ llegaron a la multitud. El hombre volvió en sí, me miro y me abrazó.

Me sentí culpable por no haberme esforzado más. Al final no importaba. En ese momento me di cuenta de algo más: Radiohead estaba de vuelta en mi vida. 

I want to live, breathe

I want to be part of the human race.

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Matthew Kennington

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