domingo, diciembre 4, 2022

Soy creyente

Vuelves deprisa a casa. Subes las escaleras con unos saltitos. Quieres llegar a la ceremonia. Corres a la terraza. Te sientas. Levantas la cara hasta ponerla paralela al cielo para ver a los vencejos, la culminación de su cortejo suspendidos, su capacidad para sostenerse en el aire sin que otros los tiren, ese sostenerse y entregarse sin perderse, en vuelo. La velocidad sin prisa. El baile. Su ser etéreo. Difícil encontrar algo más hermoso en los cielos de Madrid.

Te acuestas con el desvalido pájaro de Dickinson que no quiere romper un corazón y sueñas con un tapiz de flores moradas salpicadas de margaritas. Te despierta el trueno de una tormenta junto un río, no sabes si salido de Peri Rossi o del que deja agua que se cuela por el tragaluz. Es la señal del amanecer entre las páginas que la oscuridad ha borrado. Buscas el recuerdo de un verso, es aún más perfecto que la noche anterior, lo relees en voz alta, lo escribes a mano, con tinta, por verlo con tu letra. Juegas a copiarlo.

Y te concedes un rato para escuchar, con miradas a los primeros pájaros, “adónde van los besos” en la voz de Silvio Rodríguez y aumentar la pereza con “hay cosas que te ayudan a vivir”,  con la dulzura de una voz de miel como la de Caetano Veloso. Recuperas la fuerza del desgarro de Billie Holiday, el mayor amparo, la madre completa, el sufrimiento superado. Esa voz que no necesita letra.

Y empiezas a caminar recordando los pasos de Janet Novás antes de quitar las vendas a su robot. Te echas a andar, como el robot. Paseas  por la Puerta del Sol con esos mimos que ya siempre serán Hugo Silva y Mario Casas y buscas un lugar único, centenario, quedan pocos pero lo encuentras en la misma plaza. Y antes de tomar el tren, te encaprichas de un té con leche en ese lugar tan familiar como secreto con el aroma a las leyendas de Big Fish, la película cuyas  lágrimas renovadas has compartido.

Trabajas lo que puedes y quedas al atardecer en la cornisa, muy cerca de Las Vistillas, sobre una manta y con niños. Mientras bajan las amistades, organizas tu propia película, hoy, con recortes de secuencias de carreras de cine: todas las carreras que recuerdas. Suelen ser de amores terminados: esos frenazos de taxi, aquellas a pie, otros giros de coche que da la vuelta, viajes interrumpidos, cambios de idea, vuelta sobre los pasos de una vida ya imposible al ritmo ahogado de quien sabe que allí no queda nada. Sobre un Madrid, enrojecido, morado, naranja, con la montaña rusa del parque de atracciones de fondo, irrumpe una carcajada con la moto de Julieta Serrano y, de pronto, ya entre aeropuertos, se detiene el plano en el niño de Love actually: “que el amor nos cosa a leches”.

Sales de la carrera con sonrisa al escuchar una música al lado, en la manta de al lado. Cómplice. Te entiende.

No le des más vueltas: tú también eres creyente. Como yo. Soy creyente: creo en el arte.

Ana García D'Atri

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