viernes, diciembre 9, 2022

Un sulfato de melancolías

Salmo 137

Si me olvidare de ti, oh Jerusalén,
Pierda mi diestra su destreza.

Mi lengua se pegue a mi paladar,
Si de ti no me acordare;
Si no enalteciere a Jerusalén
Como preferente asunto de mi alegría.

De todas las maneras de enjuagarse una herida, la más pulcra y la más higiénica resulta exponerla al soplido de un aire nuevo. Nada más despacioso que la rutina para aliviar las ráfagas de la desventura.

Días atrás acudí a cierta finalísima en una ciudad lombarda de cuya nombre no quiero acordarme en la que los míos y yo sufrimos un desenlace aciago. Y ya van tres. Tres finales, tres derrotas, tres decepciones y en todas  ellas  el ribete plomizo de la injusticia: en ninguna de ellas el Atlético de Madrid salió derrotado en los 90 minutos reglamentarios. Hace dos años vivimos un cataclismo en una ciudad de terremotos, quién iba a imaginar que nuestra frustración no era sino el primer acto de un drama morrocotudo. Pero somos del Atleti y nuestros duelos son menos con el pan del orgullo y de la devoción.

Al regreso a España me encontré con el lamento de los de mi orilla –profundo, coral, esperanzado-  y con el trato más clemente que de costumbre de los de la de enfrente. Y sobre todo me encontré con el felizmente ineludible deber de desplazarme a unas cuantas leguas, allá donde nadie entiende los titulares de “Marca y “As” porque la tinta se lee de derecha a izquierda.

Así, el destino templó mi desazón con un viaje a Israel nunca tan oportuno. Un trámite prolongado en cada aeropuerto, una película con subtítulos en hebreo, una de humus, y en cuatro horas amerizamos al otro costado del Mediterráneo. Un buen lugar, el Medio Oriente, para afianzarse en el peso de la identidad y en el decoro de la minoría. 

Y otra memorable ocasión para pisar tus umbrales, Jerusalén. La ciudad sabia, la ciudad perpetua, el limo en que se adobaron la espiritualidad y la conciencia. La tierra prometida a las tribus, el grial de los cruzados, la vida en la frontera.

Desde el horizonte del Monte de los Olivos se alzan la ciudad que es y la que fue, un paisaje imponente que nos descubre el mapa portentoso de la infancia: el Cenáculo, la Iglesia de la Adormición, el Santo Sepulcro, la Vía Dolorosa. Y entreverada la geografía de mocedades que no son las mías: el Muro occidental, el Monte del Templo, la Mezquita de Al-Aqsa, la Cúpula de la Roca.

Ocho puertas conducen a su recinto. Jerusalén es el último de los caminos, un belén viviente en el que desfilan los que esperan hablarle a Dios un día,  un sulfato de melancolías. Una fina estampa de barrios –musulmán, armenio, cristiano, judío- , un donaire de profecía, un alud de plegarias en clave de sol. Los judíos se comban ante las grietas del muro, los armenios acarician sus cruces de piedra, los musulmanes bosquejan el vuelo del Profeta a lomos de la yegua Al-Borak. Las mujeres caldeas, o coptas, o maronitas, pulen con el paño de la inocencia el suelo en el que yacía el cuerpo del Cristo.

Apreciamos la fe colorida de las iglesias etíopes, sentimos la bruma de incienso de los templos ortodoxos, nos alumbran las medias lunas y los brazos de los candelabros. Volvemos a ver Jerusalén desde el balcón egregio de Yad Vashem, el memorial del Holocausto que remata su itinerario en cuesta con el sosiego de la victoria última: “tuvimos hijos, plantamos árboles,”.

Anticipan las sagradas escrituras la existencia de una Jerusalén celestial, una réplica aún mejorada que imaginamos libre de conflictos, de fisuras, de imperfecciones. Un lugar de revelación y de concordia, una patria definitiva de reconciliación entre los hombres y los dioses.

Quizás en esta Nueva Jerusalén se rediman los renglones curvos de la Historia, y en alguna de sus galerías brillen rojiblancamente tres copas en plata de ley.  Ya nos conocen, nunca dejamos de creer.

Fernando M. Vara de Rey

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